2 razones por las que Akira es la película de anime más relevante de la historia


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Corría 1951 cuando Akira Kurosawa declaró con Rashomon que Japón era una audiencia compleja y vital donde hacer y mostrar cine. En ese entonces, aunque el cine americano gozaba de esplendor creativo, argumental y actoral, la animación estaba muy lejos de esa bonanza, ceñida a confines infantiles o adolescentes y recibiendo un tratamiento secundario, en el mejor de los casos. Sin embargo, la industria de animación japonesa era otra cosa. Potenciada por la obra de Tezuka, el Studio Pierrot y tantos otros próceres, las ideas florecían y encontraban su nicho con relativa facilidad en la pantalla grande. No obstante, estos mundos, el occidental y el oriental, no se juntaron en torno al anime y comenzaron a ver la animación como un vehículo válido para contar historias maduras y sesudas hasta que Katsuhiro Otomo, quien acaba de ganar el Gran Premio de la 42 edición del Festival Internacional del Cómic de Angulema, festival del noveno arte más importante de Europa, introdujo a través de su obra maestra Akira a millones de occidentales a la riqueza innegable del anime.

Pero, ¿cuáles son los méritos que hacen de esta cinta de 1988 la más grande, a mi juicio, de la historia de los pinceles del Sol Naciente? No es, por cierto, el enorme éxito económico y de crítica que ha amasado en estas décadas, y tampoco la magnitud de escala épica que abarcaba su argumento, aunque son muy buenos puntos de referencia para apoyar esta tesis, sino que hay dos razones fundamentales que le brindan su sitial de honor máximo, entre todas las grandes obras cinematográficas animadas de Japón.

 

1. Haber abierto las puertas a la entrada de la animación japonesa al resto del mundo

Más allá de la obra del estudio Ghibli o Ghost in the Shell, fue Akira, con sus 2.182 páginas de manga adaptadas con fidelidad -pese a sus notorias diferencias- en 2 horas de metraje inolvidable, el film que hizo decir a los europeos, africanos y americanos “Oh, estos japoneses están cuáticos con las historias que están contando”, y atrajo la atención de millones de ojos hacia la producción animada de Japón. Algunos dirían incluso que Ghost in the Shell, Neon Genesis Evangelion y Serial Experiments Lain nunca hubiesen sido exitosas si no hubiese existido antes Akira, que pavimentó el camino con excelencia hacia el conocimiento de las enormes historias que se estaban gestando en el estudio Kodansha y muchos otros que nos han volado la cabeza durante muchos años.

Cuando Akira salió, solo la podíamos conseguir pirata o en algunos videoclubes que, con fortuna, la presentaban en sus anaqueles; y era curioso, porque a veces la encontrabas en la sección Infantil, junto a muchas cintas animadas, y en otras ocasiones estaba entre las películas para adultos. La gente no sabía bien cómo reaccionar ante esta forma de hacer cine a través de animación cruda y violenta, llena de proyecciones sociales sombrías y poco esperanzadoras.

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Más aún, tiene el mérito de haber encontrado un nicho en América pese al rechazo inicial que tuvo por parte de la industria del entretenimiento. Steven Spielberg y George Lucas, amos y señores de la ficción gringa de esos años, la declararon “inmarketeable” y Akira quedó relegada a la distribución por canales alternativos; se estrenó en Estados Unidos en un puñado de cines en 1989 y luego fue popularizándose en VHS. Cuando uno considera estos orígenes, es insólito el éxito comercial que la película alcanzó en todo el mundo, elevando a Otomo y a su obra al nivel de referentes de una “nueva cultura” que empezaba a enviar sus “primeros mensajes” desde Japón.

 

2. Plasmar la animosidad cyberpunk de la época y relacionarla con su propia cultura

Si para mí Ghost in the Shell es la pionera en el género post cyberpunk en el anime, cosechó un terreno fértil sembrado por Akira, que tomó influencias de los grandes clásicos del género durante aquellos años y los capitalizó en una historia para nada sencilla pero con un atractivo inconmensurable para los fanáticos de la ciencia ficción, tanto a nivel estético como argumental.

De hecho, la historia de Akira está situada en el año 2019, el mismo en que se desarrollaba la historia de Blade Runner, gran influencia en el trabajo de Otomo. El trabajo de dirección, además, llevó a los auditores a un festín de reminiscencias noir y ángulos de cámara imposibles que marcaron un precedente en cómo hacer cine animado de acción. Se le ha llamado, con justa razón, la “Mad Max japonesa” o “una Godzilla cyberpunk”, debido al impacto que generó y el espectro enorme que abarcó con su rango de personajes e ideas planteadas a través de la cinta.

Kaneda, Tetsuo y sus amigos, todos huérfanos, tienen problemas serios con la autoridad y el resto de una sociedad que los rechaza, y el único lugar donde han encontrado fraternidad es arriba de sus motos. Pero, más allá de esta referencia argumental para entender que estos parias son, en definitiva, sujetos a los que todo les chupa un huevo, Akira es la historia de dos amigos, uno dominante y egoísta, y otro receptivo, siempre dispuesto a apañar y constantemente a la sombra del otro. Es esta relación de celos y ansias por obtener el respeto y admiración que posee Kaneda y que Tetsuo tanto cree merecer, e injustamente no ha recibido, la que lleva al chico a sentir que el mundo entero le debe algo y está determinado a obtenerlo, de cualquier forma, aunque no tiene muy claro qué es.

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Y es luego de su encuentro con los espers, gatillando el despertar de los poderes síquicos de Tetsuo, que el panorama se vuelve todavía más complicado. Una de los espers le dice “la gente grande no debería tener estos poderes”, y es esa frase que aparentemente pasa piola la que explica gran parte del esquema que plantea Akira. Los adultos, en la visión de Otomo, están armados ya de una forma, al contrario de los niños, cuya pureza e inocencia les permite evadir las tentaciones del mundo. Tetsuo, egoísta, hambriento de poder y reconocimiento, se convierte en una aspiradora de fenómenos en los que desea ser protagonista, lo que termina gráficamente, no por azar, en su hinchazón hasta explotar en mil pedazos. Su energía fluye hacia adentro y no hacia afuera, como ocurría con Akira, el sujeto más poderoso en presentar los mismos poderes y cuyo patrón de comportamiento era justo inverso al de Tetsuo.

Las ideas de que todos tenemos adentro el poder de Tetsuo y Akira, que todo el conocimiento en el universo tiene un inicio común, y que toda la energía y vida subsecuente es un resultado de esa consciencia unificada, que llegan mediante una conversación que sostienen Kaneda y Kai mientras están prisioneros, coronan y dan sentido al postapocalíptico y distópico Neo Tokio, corrupto hasta sus entrañas y expectante a una nueva era de cambios todavía más violentos que la sociedad japonesa de esa actualidad imaginada.

 


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Javosandoval

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