5 historias mutantes de amor y piscola


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Es el mes del amor, y aunque yo no pesco para nada esas cuestiones de San Valentín ni me enrollo mucho por pasar ese día solo o acompañado (Pornhub no discrimina entre solteros o casados), es un hecho que, para muchos mutantes, la soledad sí es un temazo cuando se trata de enfrentar esa efeméride, en que te dicen por todos lados que tienes que estar con alguien para aplicar un trecetreceo intenso, y lo único que tienes a mano es la waifu de colección que no has sacado de su caja para que no pierda su valor original.

Por eso, es mejor enfocarse en temas positivos, en aquellos amores que perduran a través de la vida sin importar las malas decisiones que tomes o lo solo que te sientas. Porque hay compañeras que están ahí para celebrar los buenos momentos y también para acompañar esos desvelos en que la indignidad con que terminamos la noche es el menor de nuestros problemas. Obviamente, estoy hablando del amor por la piscola.

Es que da lo mismo si el pisco es chileno o peruano; en la raya para la suma, nosotros somos más borrachos y la piscola es un elemento central en nuestra cultura social. Es discutible si debería o no aparecer en el escudo nacional (su servidor cree que sí), o si debería ser la bebida oficial del menú Junaeb, pero lo que nadie cuestiona es que grandes historias de amor convencional (ese que se vive cuerpo a cuerpo con una media naranja amada u ocasional) han estado marcadas por el catalizador social por excelencia de nuestro país: el copete.

Estas son 5 historias de amor entre mutantes que tienen como protagonista a la piscola. Porque la piscola puede unir a dos desconocidos en una noche inolvidable o hacer que una pareja de años se separe para siempre. Sus efectos son impredecibles, pero rara vez terminan en una mala anécdota.

 

Carolina, yo y mi otro yo

Había comprometido un viaje al sur para visitar amigos, y entre ellos estaba una amiga con la que teníamos onda, la que me insistía bastante en que, cuando viajara, la pasara a ver. El tema es que cuando viajé me quedé en la casa de un amigo, y aunque tenía planificado pasar a saludar a esta chica en la noche, antes de eso me junté con un amigo al que no veía hace meses. Una cosa llevó a la otra, y terminamos un sillón en el garage de su casa tomando un botellón de Ruta Norte (para la generación Z que nos lee y no alcanzó a vivir este glorioso momento, era una botella de 1 litro y medio de uno de los peores piscos que el bolsillo universitario alcanzaba a costear a inicios de los 2000), piscoleando hasta que perdimos noción del tiempo, del clima y de la dignidad. Cuento corto, me llegó un mensaje de esta chiquilla -se llama Carolina, si me está leyendo le mando un saludo- preguntando si finalmente iba a pasar o no, y yo le dije a mi amigo que me llevara lo antes posible a su casa.

Manejando curados, llegamos en cinco minutos y yo me bajé a tocar el timbre. Lo que no sabíamos, porque estábamos en modo leyenda, es que eran las 5:30 AM y yo parecía mono porfiado al tratar de mantenerme en pie. Salió mi amiga, sorprendida y riendo de mi precario estado -el que yo, obviamente, no había notado porque uno siempre se percibe más sobrio de lo que está- y, al par de minutos, aparece una señora en bata, emputecida, reclamándome que esa era una casa decente y no podía llegar a esa hora tocando el timbre y en ese estado de intemperancia alcohólica. Al día siguiente, me comentó que yo le hablaba hueás incoherentes a su mamá y a ella, y le mencionaba cosas como un asado al que no fui, y creo que también bailé un poco. No era yo, era el impostor.

En fin, con esta cabra al final terminamos pololeando, y la señora nunca olvidó el incidente a través del cual me conoció. Durante dos años, no pude siquiera acercarme a la reja de esa casa y tenía que dejar a mi polola en la esquina o si no la castigaban. Igual, no me arrepiento de nada, viva el Ruta Norte carajo.”

Javosandoval, Santiago.

La Dama y el Vagabundo

Estábamos con unas amigas en un carrete de la U, de esos en que sobra el copete charcha pero siempre falta la comida. Ya medio arriba del balón, en ese momento en que la sed se descontrola y tu mente pierde el gallito contra el hígado, fui a un mesón a buscar una piscola a la que le había echado el ojo, que algún hueón curao dejó preparada y nunca se tomó. Llegué a ese mesón y, cuando tomé el vaso, otro hueón también lo tomó al mismo tiempo. Nos quedamos mirando frente a frente, solo separados por un vaso con trago entre los dos. Fue un momento romántico estilo La Dama y el Vagabundo, pero en versión hecha pico. Y loco, fue amor a primera vista. Onda, el último copete, y el destino uniéndonos en ese sorbo simultáneo. Esa hueá es un mensaje del destino, esas cosas no pasan porque sí. No soy una hueona esotérica ni pachamámica, pero supe que a ese mino me lo tenía que comer ese día. Esa piscola fue nuestro muérdago, así que no lo pensé mucho -tampoco es que estuviera en un estado muy joya como para filosofar en mi cabeza- y le di un tonto beso, de esos que le darían vergüenza hasta a Sashita Grey. Y sí, yo creo que esta es una mejor historia de amor que Twilight”.

Pamela, Santiago.

 

El héroe que necesitaba, pero no el que merecía

Estaba carreteando en el estacionamiento de una disco, que era lo que siempre hacíamos con mis amigos para no tener que pagar el asalto que era el precio del copete adentro del local e igual entrar chambreados (¡aguante la Bronco 2004!) y, por cosas propias del carrete, empezamos a hacer un “concurso” de africanos. Onda, sujetar el vaso solo con la boca y tomarse el trago al seco de un puro movimiento de cuello. Técnica solo para valientes. Cuando llegó mi turno, apañé igual y al cabo de un par de minutos me fui a la umbra. Hueón, se me movía todo, y tuve que sentarme en el suelo con la cabeza entre las piernas, esperando que pasara la curadera hardcore y cruzando los dedos para no invocar a guajardo. Y en eso estaba cuando llegó un hueón random que nadie conocía, diciéndole a mis amigos que estaba carreteando en el auto del lado y no pudo evitar ver que yo estaba a punto del coma, y que él sabía qué hacer en esos casos y hueás.

El mino me sentó en el capó del auto y me ayudó a vomitar hueón, con sus dedos. Un desconocido culiao con el índice y el dedo medio hasta lo más profundo de mi garganta, onda de la nada, y vomité toda mi vida. Yo creo que hasta mis traumas de la infancia se fueron en ese güitre infernal. Y no sé qué hueá pasó por mi cabeza enferma, no sé si valoré caleta el “gesto” desinteresado del socio, la cuestión es que cuando terminé de vomitar y él me pregunta si me siento mejor y que tome aire, le di un beso. Nunca me limpié la boca, nada. Beso de rompe y raja, y el hueón me lo devolvió. Amor a la romana, qué sé yo. Atinamos ese rato, y el hueón con vómito mío en sus zapatillas, pero no nos importó nada. Esa noche, éramos solo nosotros, las estrellas y la piscola.”

Karina, Los Ángeles

¿Tuno o tulo?

Cuando estábamos en la U, con unos amigos éramos súper pobres. O sea, no éramos pobres en realidad, sino que nos gastábamos la poca plata que teníamos en hueás ñoñas y al final nunca teníamos plata para carretear (una realidad con la que muchos de los que leen esta página se pueden identificar, me imagino). Así que cuando una amiga de un amigo lo invitó a su casa a chupar, contándole que era un carrete con más amigos también y que llevara a su amigo (o sea yo, al que la mina me tenía ganas y me quería comer con papas fritas hace meses), vimos la chance para que fuéramos todo el grupo a bolsear copete y comida, que era nuestra única alternativa para carretear este viernes. Yo sería nuestra moneda de cambio, el ticket para entrar al Valhalla del alcohol.

Piscoleamos rápido y quedamos como mazo. Eventualmente tocaron el timbre y llegaron como cuatro tunos, con guitarras y trajecitos y toda la parafernalia. Cantando y tocando sus hueás de tunas en el carrete, y la gente tan hecha corneta que ya nada importaba. Y todo bien, hasta que un amigo empezó a gritarles a los hueones en su cara ‘miren, estos son los tulos, jajaja, tulos culiaos, cómo tienen esa cagá de nombre’, cargante e insistente, y los tunos, obvio, se empezaron a enojar, pero igual se bancaron a este ahueonao y al resto de gente curada no le importó nada. La dueña de casa no había cachado nada y uno de los tunos era su hermano, así que para que no nos echara cagando de su casa, fui a hablarle cualquier hueá y la mina, motivada, me toma de la mano y me lleva a una pieza. Pasó lo que tenía que pasar y perdí el conocimiento, la ebriedad hizo lo suyo. Cuando desperté, me sentía para la cagada, como con fiebre, mal. La mina despertó y me vio hecho bolsa, sudando y todo, y ella estaba en las mismas. Luego de un buen rato, tratando de descrifrar qué nos pasaba, cachamos que en algún momento mientras dormíamos después de tirar, mi amigo imbécil nos encendió el scaldasono. Mi consuelo fue que, durante la noche, alguien le había pegado su buen combo en el hocico por hinchapelotas, así que de alguna manera el Universo me vengó.”

Diego, Temuco.

 

Rescate en el barrio chino

Andábamos con unos amigos en Patronato, en un carrete donde el amigo de un amigo de un amigo. Con mi amiga no cachábamos a nadie más que el hueón que nos invitó, y éramos -en ese tiempo- súper aperradas así que donde el llamado del alcohol nos llevaba, íbamos. Igual el mambo era un poco fiesta de salchichas, así que aparte de nosotras estaba la polola del dueño de casa, ninguna mina más, y como doce hueones. Ya medios copeteados, un par de minos se empezaron a poner medios cargosos, joteando en mala y con la cara al lado de una, hablándote cerca y cuestiones incómodas. Con mi amiga no estábamos en las mejores condiciones para salir a la calle a la vida a buscar un taxi, y en ese tiempo no había Uber ni hueás, así que teníamos que esperar hasta el amanecer y aguantar estoicamente los joteos de esta gente desagradable. Y en eso, uno de los hueones que estaba en el carrete y al que ni habíamos pescado, se acerca donde nosotras y nos pregunta si andamos con ganas de tomar otra cosa, que él tenía otro carrete y si queríamos ir, que era en un pub en Bellavista y era onda ahora. Ante la alternativa, que era aguantar a esos simios, le dijimos que sí, y nos fuimos al toque de ahí.

El mino -Sergio, siempre te recordaré con cariño y seguramente tú a nosotras también- nos dijo ya en la calle que no tenía ningún carrete, pero que nos vio incómodas y que nos quiso ayudar. Se ofreció a prestarnos plata para tomar un taxi y acompañarnos mientras lo esperábamos. Nosotras lo amamos al instante, aunque el hueón era más desabrido que un jugo de casino (para las mujeres la belleza es ultra relativa cuando el hombre es atento de manera desinteresada, anoten chiquillos), y mientras esperábamos el taxi conversamos de nuestras vidas y nos cayó bien el cabro. Era como mamerto, pero tela. De esos hueones que son buena persona, de corazón. Llegó un taxi y, cuando nos subimos y el mino empezó a caminar para otro lado, mi amiga le preguntó si lo podíamos acercar a alguna parte, que cómo se iba a ir solo caminando por Patronato. Él dijo que lo dejáramos en la Alameda, que ahí el tomaba micro, pero cuando llegamos allí mi amiga le dijo que lo veía muy curado para irse solo, que mejor durmiera en el futón de nuestro departamento. Yo caché de una para donde iba esto, pero igual como que a mí me gustó en secreto él y me dio un poco la indiada y me amurré. Cuando llegamos al departamento, le servimos copete y no sé, como que en nuestra curadera competimos un poco para ver quién se lo comía. El pobre hueón no sabía qué estaba pasando, y nos pusimos a jugar trivia con cortos de pisco y todo se fue a la mierda. Nos servimos al hueón entre las dos. Trío con todas las de la ley, primera y última vez que lo hicimos, y después nos costó como dos meses volver a nuestra amistad normal y hablar del tema para superar el hecho que nos habíamos comido entre nosotras además del hueón, onda pornostars versión Merkat, pero en retrospectiva diría que fue uno de los highlights de mi vida afectiva y sexual de mujer niñita. La piscola es peligrosa cabros, no la tomen.”

Francisca, Santiago.

 

BONUS TRACK

Esta historia es primera vez que la cuento en público, así que espero que la valoren. Es tan real como tú.

Estaba con Hellsing en el pub de siempre al que íbamos en Los Ángeles, al que pasábamos sagradamente cada día después de hacer nuestro programa de radio, él detrás de la barra pinchando música y yo sentado frente a la barra, en mi puesto acostumbrado donde ahogaba las frustraciones de mi vida fracasada en alcohol (mentira, solo me gustaba tomar). En algún momento de una de esas tantas noches exactamente iguales, entró al pub una flaca de pelo castaño, y se sentó al lado mío en la barra. Pidió una piscola, y se la tomó sola. No llegó ninguna amiga, y en ese tiempo no había smartphones, así que era solo la mina tomando su copete, y sus pensamientos (la hueá poética). De la nada, luego de haber pedido una nueva piscola, me dijo salud y brindó conmigo. Nos pusimos a conversar y nos caímos bien, así que empezamos a piscolear y chelear entre los dos y de pronto se creó una onda especial. De esas que sabes que, si dejas que el destino siga su curso y no la cagas con tu acostumbrada estupidez, culminará en sexy time.

Más o menos cerca de la hora del cierre del pub (lo sé, porque el maldito Hellsing puso su mix de canciones de mierda que coloca siempre que quiere echar a la gente), ella abre su cartera y me muestra unos condones que tenía allí. A buen entendedor, pocas palabras. Como podrán imaginar, yo no soy un hueón con un nutrido prontuario amatorio, y no tenía idea de moteles o dónde llevar a la doncella para concretar el momento de amar. En mi ebriedad, se me ocurrió llamar por teléfono a una amiga que vivía cerca, pero eran las 4 AM y no recordaba que ella vivía en Concepción hace años. La flaca fue paciente, y me dio hartas chances para salvar la situación, pero eventualmente se dio cuenta del perdedor culiao que yo era -y sigo siendo- y me dio un beso, tras lo cual llamó un taxi. No dijo nada más. Yo me quedé en silencio también, en ese momento incómodo, y cuando se fue solo atiné a despedirme con la mano.

Algunos años después, coincidimos nuevamente en el pub. Ella llegó con un cabro y un grupo de amigos, yo estaba pololeando en ese tiempo. Sin embargo, culminamos sin saber cómo en la barra nuevamente, con la misma química de antes. Las piscolas, nosotros y la noche angelina. Lo mismo ocurrió una tercera vez, en 2011; tras eso, nunca más la vi. No sé cómo se llama, más allá de su nombre de pila (Lily, no sé si por Liliana, Lilian o como sea). Y no sé si ella sabe quién soy, más allá de ese desconocido con el que tuvo onda algunas noches durante siete años, en Los Ángeles. Pero así como Rick Blaine e Ilsa Lund siempre tendrán París, nosotros siempre tendremos Arlequín.

Con los años, me enteré que la flaca Lily es escort, y durante todos esos años utilizó ese pub como gancho para clientes. A mí jamás me lo dijo, ni me lo insinuó de ninguna forma. Sé lo que deben estar pensando (perdedor culiao, fuiste un cliente más y todo ese amor ocurrió en tu cabeza ilusa), pero tuvimos onda, sin saber quiénes éramos. Sin prejuicios, sin transacciones, solo nosotros, piscolas y esas noches angelinas. Dice la leyenda que ella ahora es dueña de una boutique en Talca. Es una de esas historias que no se escribió y quedó por siempre en borrador. Quizás, fue lo mejor. Nunca lo sabremos, pero siempre tendremos Arlequín.

Javosandoval, en esos años en Los Ángeles.


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