El problema de las comunidades ñoñas es el fandom


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Buenos días buenas tardes, mutantes de Chile y del mundo virtual. Todos los ñoñardos de la vida agradecen -de alguna forma- a Internet por cambiar nuestros paradigmas y mostrarnos un mundo zukulento y bien acicalao, donde hemos podido darnos gusto de buscar nuevas series a nuestro antojo, recordar mangas o leer casi en tiempo real lo más reciente del Sol Naciente, pegarnos viendo películas sin más moneda de cambio que un plan de navegación, jugando como oompa loompas con otros seres vivos de alguna parte del país y tal vez del mundo y vendiendo el alma a Blizzard en el proceso.

Y todo eso era hermoso y desconocido en las incipientes comunidades virtuales de otakus, gamers, trekkies, warsies, etc., hace 10 o más años; había buena onda simplemente por el hecho de ser un mutante más del montón -en una época en que no estaba de moda serlo como hoy, ¡todo lo contrario!- y claro, a pesar del troll o jote de turno, todos se trataban medianamente con una pizca de respeto. A tanto llegaba la simpatía que nacía naturalmente juntarse con otros usuarios de foros para conocerse y quizás ser amigos o al menos intercambiar juegos o películas, y varios de ellos armaron, como consecuencia de estos cónclaves de virginidad, una o varias subcomunidades dentro de un foro: el Team Macross, el Team Seigi no Robot o Pokémon, entre los más destacados de esos años. Y resultó que, oh claro, mis mejores amigos ñoños salieron de Animeportal o AnimeJanai.

Old times, good times.

Con la llegada de nuevos canales digitales y redes sociales, los foros pasaron a mejor vida; los mismos usuarios de los foros comenzaron a contactarse en IRC, luego en Messenger y después en Gtalk, a darse F/F en Fotolog, agregarse en Facebook, Messenger, seguirse en Twitter y, más recientemente, intercambiar su número de celular para conversar por WhatsApp, y se siguieron juntando, muchos de ellos pololearon con otro noñ@ del grupo, otros se casaron y formaron su propia comunidad familiar ñoñarda. Por otro lado, gran parte de los más viejitos se salieron de los foros porque, inevitablemente, la modernidad no dio tregua y se tragó a esos grupos virtuales, dando paso a otro tipo de ñoño internetito que apareció de la nada y se ha multiplicado cual población callampa habitada por los critters: los niños ratas del  LOL, flamers y una serie de gente amargada que tiene como fin trollear al resto sin mayor fin que llamar la atención y compensar las carencias afectivas del mundo real con laiks y corazones digitales.

Con esa oleada de seres mutantes que comenzaron a crear grupos y comunidades en Facebook de cualquier ñoñería, comenzó la expansión de la “arena” y el ataque al otro usuario X porque encontraron feo un meme, porque no les gustó el avatar, porque no disfrutaron el mismo arco de JoJo o sencillamente porque el usuario X no encuentra kawaii a la Sakura Kinomoto, o falló épicamente con el “por si la pongo” en el grupo de Facebook. Ejemplos hay cientos de miles, pero todos confluyen en los mismo: encuentran, en tratar mal al resto, una forma de hacer terapia personal.

Quizás podrían bajar de Internet un par de mandalas o el famoso Secret Garden, pintarlos o tomar flores de Bach y nos ahorran al resto su mala onda.

En lo personal, estoy metida en un par de estas nuevas comunidades ñoñas y me impacta ver el nivel de virulencia con que se tratan. Hay usuarios que, muy de buena onda, comparten sus figuritas, los mangas, las poleras, fanarts, y todo el merchandising posible de JoJo o de One Piece. Y realmente asusta ver a estos trolls/caníbales/infantes roedores tratando mal a la gente. Critican porque la cosplayer tiene un par de kilos de más, porque al AMV le pusieron una canción que a ellos no les gusta, porque sus fotos no tienen tantos laiks como ellos querían o, simplemente, por decir alguna pesadez hiriente sin pensar en las consecuencias, creyendo en su divina sabiduría que, siendo así, se vuelven populares. ¡A ellos!, grita una mínima facción de la horda. Porque no todos los ñoños somos rancios, pero ellos resuenan como si fuesen millones de vuvuzelas y dejan su hedor sobre la comunidad entera.

Y no hablo sólo de los fanáticos “made in Chile”, porque el mal del ñoño con problemas de habilidades blandas está en todos los países y es de piel sensible en todo el orbe. Si hasta los hinchas del fútbol se han puesto tóxicos, uno de los hobbies de mi sobrino más grande es pegarse a mirar en Facebook la “guerra de hinchadas” (un montón de gente que se pone a insultar con los clásicos “zorra”, “madre” y que incluso se ofrecen chuletas).

Puros choros de cartón frente a una pantalla, y ese es el peor motivo de los fandoms ñoños y de cualquier cosa: el poder de Internet para ocultar su cara e identidad porque una cosa es hacer un meme pero ya tratar de gordo/asqueroso/mátate o cosas de ese estilo, son actitudes que hablan mal del ñoñardo. Ese que, en el viejo mundo nerd, era rechazado y molestado hasta el cansancio por los “más populares”, y que se aliaba con otros niños/as en su misma situación de bullying para hablar de sus rollos en común, onda Stranger Things.

Esos seres son los que armaban ciclos de anime, torneos de rol, lecturas de Tolkien o formaban sus comunidades otaku (con sus infaltables rollos de teleserie, a veces tan mamasanes como Dawson’s Creek) pero donde -se supone- uno lo pasaba bien, hablando de los temas que te gustaban y, lo más importante, aprendiendo nuevas ñoñerías con personas que no se reían ni te miraban en menos, sino que estaban en la misma sintonía que tú. Esas comunidades de “descartados” fueron creciendo, fuimos legión, y utilizamos todo el vuelito que nos dio este súbito interés del público general en los últimos años por ser ñoñardo para… ¿hacernos mierda unos a otros? ¿En qué momento nos convertimos en ese mismo trauma que nos hizo formar grupo aparte al inicio de los tiempos? Y digo “nos convertimos” porque, si en la comunidad donde participas están estos personajes nefastos y no estás haciendo nada para frenar su avance bacteriano, eres parte del problema.

Hagan ese ejercicio, por ejemplo, en el grupo de Chile de Jojo’s Bizarre Adventure, el Los Mugiwaras de One Piece o la comunidad LoL y verán como los chorizos digitales se dan y no consejos. Hasta en grupos de yaoi tapan a bullying porque no te gusta el shippeo de turno. Internet se ha vuelto peligroso para este nuevo arquetipo de ñoñardo, el que pide tolerancia pero no la practica, el que se mofa de todos pero se siente si lo trollean de vuelta. El que cree que mandar a las mujeres a la cocina los hace rudos y que luego está quejándose porque la chiquilla de turno lo deja en visto o forever varado en la friendzone. Ah, por cierto, ellos también están en los pocos foros que aún no mueren pero que también se han vuelto un nido de víboras. ¡¡¡No hay cómo escapar!!!

El troll vive y, sin que se dé cuenta, está matando el fandom, las relaciones interpersonales y las virtuales. Hay cabros chicos que postean emocionados los dibujitos que hacen, gente que comparte el cariño por una serie con un video, y pafff, se ríen de ellos de manera cruel. Sin argumentos, sin sugerencias, sin críticas y sin sarcasmo. Simplemente, destruyen el entusiasmo de raíz. Porque sí.

Da lo mismo que los fanarts no sean del gusto de todos, pero están hechos con cariño a Goku; quizás el cosplay no es bueno, ni el mejor, o el chiquillo no luce tal como ese personaje de proporciones meganfoxianas, pero, ¿nos da el derecho de escribirle “chancho culiao”? o de escribirle “¿gorda lechona, andá a comerte los postres?” Al hacer eso uno está dando cuerda a que esa persona se desquite como bravucón con otra y convertimos esto en un círculo de nunca acabar. El Golden Experience Requiem del bullying. Y después lloramos que Donald Trump es el insensible, el malo y sin corazón pero, ¿cómo andamos por Internet?

Si Trump elige Twitter como su medio de comunicación oficial, por algo es. Nunca ha habido mayor cuna de trolls que la red del pajarito.

Miyazaki tiene razón, el problema del anime son los otakus y, si me permiten parafrasear al gurú, el fandom exagerado tiene la culpa de los nuevos ñoños. Algo ha hecho la industria de la televisión y la misma sociedad al poner al “geek” como personaje cool, que ha convertido a los que sufrían bullying en los nuevos Nelson del frikismo. El que alguna vez fue abusado y minoría hoy no lo es tanto, está empoderado de conocimiento y masa crítica, y en lugar de ser un ejemplo con su actitud de cómo convivir con otros sin apuntar con el dedo ni victimizarse simplemente basándose en lo que a una persona le gusta y lo que le desagrada, replica exactamente el mismo modelo de opresión, discriminación y abuso maletero que él sufrió en el pasado. La “generación Z”, como consecuencia directa, ha visto que tratar mal al otro es normal y está bien. Créanme, los niños rata no salieron de la nada: los hicimos nosotros, al no saber convivir unos con otros y disgregarnos de forma violenta esgrimiendo razones como “los Gundam no vuelan, enfermo culiao” o “eres un imbécil por pensar que Tifa es mejor waifu que Aeris, cómo rechuchamadre tan aweonao, pendejo de mierda”.

A veces una tiene corazón de abuelita y piensa “quizás muchos de ellos sufren maltrato y se desquitan por Internet, como mecanismo compensatorio”, y tiende a justificar esa actitud mala leche, pero, con la mano en el cucharón, así no vamos a ningún lado.

Mi única solución es resetear la Tierra y empezar de nuevo, pero, como sé que no es posible, mejor los invito a tomarse un Armonyl y ser un mejor mutante. Por eso, en el Calabozo tenemos tolerancia cero con los comentarios (que además son mega cumas) estilo “sácate la arena de la vagina” o que insulten de forma cruel a otro lector solo porque estar detrás de un monitor se los permite sin que reciban un cachamal de vuelta. Muchos en esta pulenta comunidad pasamos por el bullying cuando brocacochis y yo no quiero perpetuar ese modelo, y menos promover que los noños se conviertan en monstruos sedientos de sangre virtual. Porque, fuera de la pantalla, tengo mis serias dudas sobre qué tan chacalmente actuarían si los molestan cara a cara. Sí al sarcasmo, sí a la ironía, sí a la talla ingeniosa y a reírnos en buena de nuestros aciertos y cagazos, no a la ofensa gratuita, al sexismo flagrante y, por supuesto, un rotundo no al niño rata (que los hay adolescentes y tontones cuarentones también).

Seamos felices y salvemos el fandom. Nuestros personajes lo agradecerán, y de paso limpiamos el nombre de las comunidades y no manchamos nuestras franquicias favoritas.

¿O acaso el fandom quiere ser la barra brava del mundo ñoño, y que nos representen con memes de simios conectados al respirador artificial?

 

La defensa descansa.


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GaviotaPatagona
Standmaster de Torao. ¡El One Piece existe! Periodista. Un alma oscura mitad kawaii/mitad mutante.

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