El rock es más grande que tu problema


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No fueron pocos los artículos, columnas y breves que leí el fin de semana acerca del abrupto cierre que Álex Anwandter dio a su show en la Cumbre del Rock Chileno (evento que LaMalditaIrish reseñó aquí). Y, por supuesto, mayor fue la cantidad de reacciones que generó el hecho entre los asistentes y los eternos opinantes de las redes sociales, en un curioso debate que, lejos de centrarse en si realmente le sabotearon el audio a Anwandter o no, se enfocó en otra cosa: la pertenencia de su número -y varios otros- en un festival que lleva en su nombre una palabra que todos creen saber qué significa, pero que, en realidad, cada quien entiende un poco a su manera: rock.

Y es que la crítica de Anwandter al género es incisiva, en cuanto señala un aspecto que ha sido emblemático de las varias décadas de rock lideradas por hombres blancos hablando en sus líricas de sexo, drogas, alcohol y parrandas interminables: la exclusividad de la dinámica amorosa hombre-mujer (y más que romántica, en muchos casos, derechamente sexual) como temática preferente en el rock. Alguna vez, Hellsing (que en su natal Los Ángeles es una especie de Lester Bangs) me dijo, entre vinos y whiskachos: “El rock, sin actitud ni puesta en escena, es una serie de poemas de amor y desamor”.

Sin embargo, estamos en 2017 y ese estilo de rock cambió. Algunos dicen que duerme, otros sencillamente lo dan por finado, pero en concreto, no vivimos ya ese escenario. Hoy, muchas bandas abordan temáticas como la diversidad sexual, la estupidez de una cultura lobotomizada por la televisión y la farándula, los desórdenes mentales, los riesgos de las drogas o incluso el sexismo, en notorio contraste con esos años “de gloria” del rock and roll. Los vocalistas de hoy no se graban teniendo sexo con una groupie borracha y luego colocan el audio de los gemidos en un single, sino que se preocupan que los recintos donde tocan cumplan de forma estricta con las medidas de seguridad necesarias para evitar accidentes, y paran sus recitales en seco para expulsar a punta de chuchadas a pelmazos que están agrediendo a sus pololas.

A muchos les gusta que el rock haya cambiado no solo en fondo sino también en forma, incorporando nuevos sonidos y estilos en el mix, y a otros les desagrada, pero la gente cambia y el rock sigue moviéndose. Su pega no es sonar siempre igual, sino seguir sirviendo como un vehículo de contenido trascendental para sus audiencias. Los adolescentes de los 90s no piensan, no quieren ni rechazan las mismas cosas que los de hoy. El rock da cuenta de esos fenómenos y se adapta a los tiempos, pero sigue dando voz a los adolescentes (en lo que sea que los angustia hoy).

Todo eso es, no obstante, solo mi mirada sobre la manifestación de una forma de hacer las cosas; mayoritaria pero no la única. La verdad es que, a diferencia de lo que señaló airado el artista chileno el pasado sábado, el rock sí ha sido un espacio marcado a fuego por la inigualable obra de mujeres y homosexuales, quienes no solo han marcado las tendencias que permitieron abrir el rock en nuevas ramas y llenando de colores mucho más interesantes este abanico de sonidos y temáticas, sino que facilitaron la adaptación del rock como vehículo eficiente de difusión de los fenómenos sociales que se vivieron en cada década.

Porque el rock es un espacio para todo aquel que tiene actitud y alma de rock, joven Anwandter. David Bowie, Freddie Mercury, Iggy Pop, Mick Jagger y Robert Smith son emblemas del rock, sin ser -ni por si acaso- modelos tradicionales del macho melenudo con las groupies siliconadas alrededor. Tenían algo que decir, sobre ellos mismos o acerca del sistema social donde estaban insertos, y lo hicieron provocando, burlándose del establishment o definiendo caminos iconoclastas en su arte, sin cuadrar en lo que se esperaba de ellos, jamás. El rock, históricamente, ha sido una expresión de discurso social, y representa a aquellos que, en el día a día, sienten que su voz no es escuchada. El baile de los que sobran, le llamaban Los Prisioneros. A ustedes no les interesamos, gritaba Brian Molko en 1998. Y las muchas mujeres y homosexuales que han llenado de gloria los pasillos del rock no solo han dado cuenta de estos fenómenos, sino que se han convertido -en más de una ocasión- en el icono y punta de lanza del cambio de paradigmas, visibilizando problemáticas silentes y que reposaban en la angustia del anonimato.

En esta línea, Patti Smith, Janis Joplin, Joan Jett, las Veruca Salt (Louise Post y Nina Gordon), las hermanas Kim y Kelley Deal, Kim Gordon, Courtney Love, Paz Lechantin, Melissa Auf der Maur, Ginger Reyes, Hope Sandoval, D’Arcy Wretzky, las hermanas Ann y Nancy Wilson, Nicole Fiorentino, Amy Lee, Stevie Nicks, Debbie Harry, Tarja Turunen, Carrie Brownstein, Corin Tucker, Chrissie Hynde, Sharon den Adel, Pat Benatar, Karen O, Alanis Morissette, Lzzy Hale, Hayley Williams, Kathleen Hanna, Siouxsie Sioux, Fiona Apple, Dolores O’Riordan, Lita Ford, Floor Jansen o la insuperable PJ Harvey, son ejemplos de cómo una mujer se convierte en la gran referente del rock de su momento y lugar, en momentos clave de los distintos géneros que componen el fenómeno. Y cada una de ellas lo hizo a través de sus propios discursos, que encontraron terreno fértil en audiencias que adhirieron fuertemente a ellos y muchos otros que conocieron sus historias a través de su arte.

Sin la inestimable contribución de estas mujeres sería imposible entender las últimas cuatro décadas de rock. Igualdad, por cierto, falta y mucho, pero pensar el rock como un club de Toby absoluto y dominante dista mucho de la realidad.

Ahora, si el socio se refiere al rock chileno, se lo concedo; no por falta de voluntades, sino por mala gestión de los sellos para promover a sus artistas, un disímil esmero para encontrar talento femenino y la costumbre de las productoras locales de innovar poco y asegurar los balances financieros con lo mismo de siempre. Artistas hay, pero en Chile cuesta entender la complejidad del pop y el rock (más por porfía y necedad que por carencia de espacios serios de discusión, que los hay y varios), y la discusión se reduce a una dicotomía tediosa que resta valor al movimiento musical en el país. Un ejemplo de esto es que mucha gente discute que “se debería llamar Cumbre de la música chilena en vez de rock chileno”, ya que, me imagino, asume que si no hay guitarras estridentes la cosa no es rock.

Crédito: Facebook Cumbre del Rock Chileno 2017

Sin embargo, ninguno de estos argumentos se condice con la queja del boicot o censura que hace Anwandter. A veces, los instrumentos fallan porque los imprevistos siempre están a la orden del día. O quizás sí fue un “error involuntario”, y qué lata si fue así; estamos muy viejos como sociedad para taimarse y hacer la cama a un artista contestatario, toda vez que estás dando el premio a la trayectoria al ecléctico Álvaro Henríquez (de manos de Jorge González, el más díscolo de todos) más tarde. La cuestión es que el rock ha sido cuna de las más diversas mujeres artistas, y un sinfín de homosexuales que han maravillado a millones alrededor del mundo con su música, porque el rock tiene espacio para todo aquel que vive el rock día a día en cuerpo y alma.

Por eso, si Anwandter cree que lo censuraron porque su música es para mujeres y gays, pues no tendría mucho asidero, pero el mero hecho de hacerla en público y durante su show, de forma irreverente y visceral, en lo que él percibió como un ambiente hostil para su trabajo, fue bastante rock. Ahora, si realmente fue acallado “a la mala”, estamos hablando de una cumbre del rock que no entiende qué es el rock, y donde Anwandter -que no se siente parte del rock- lo vive en carne y hueso, mientras los que organizan el evento no. Y creo que el segundo escenario es, infinitamente, más preocupante que el primero.


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Javosandoval

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