Fanboys, el cáncer del mundo ñoñardo


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He pospuesto varias veces la publicación de esta columna no porque haya tenido mucha pega o mucha paja de escribir, sino porque cada vez que le comentaba a algún conocido o amigo que iba a redactar unas líneas para decir por qué el fanboy, ese personaje peculiar que respira, vive y duerme su franquicia predilecta y lleva la sagrada palabra de su ñoñería favorita donde quiera que va, es lo peor que le ha pasado al mundo ñoñardo en los últimos quince años, me decían “puta hueón, cuidado ahí, te vas a echar encima a muchos arenosos y el Calabozo no necesita trolls dando jugo porque sí”.

Y es que ese argumento, cobarde más que conciliador, es muy real; al fanboy, una persona que por definición no racionaliza los motivos por los que un cómic, un videojuego, una serie, un personaje o una película en particular -o varias en una franquicia específica- le llena el corazón, los pensamientos y las emociones más allá que cualquier otra cosa que pueda consumir en el vasto mundo del entretenimiento, no le gusta ser emplazado a explicar los motivos por los que opera de esa forma y no de otra. Todavía más, le carga que le digan que esa pasión inconmensurable que le pone a su corpus de ñoñez predilecto es, de forma contraproducente, el mismísimo cáncer que corroe el mundo ñoño y que, en definitiva, ha alejado a muchos entusiastas de las convenciones, blogs, sitios web, páginas de redes sociales y agrupaciones donde se reúnen numerosos cabros y niñas afines a estos intereses, en buena onda y con ganas de conocer a otros que compartes sus mismos gustos; no obstante, así nomás es la cosa.

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Por supuesto que costará mucho pedirle a un fanboy -de cualquier cuestión ñoñarda- que lea esta columna con detención y altura de miras; y precisamente esta actitud es lo que señalo como una de las principales malezas (porque en ningún caso es la única) que hay que arrancar de raíz del mundo ñoñardo para que vuelva a ser un lugar cómodo para que gente de todos los orígenes y credos se dé cita para conocer a otros, hacer amigos, disfrutar en torno al núcleo de lo que les gusta y, en consecuencia, puedan establecer una masa crítica que les permitirá vivir sus hobbies en compañía, cada vez menos fragmentados y con mayor sentido de pertenencia social.

Si te metes con mi waifu, te metes conmigo

Primero que todo, parto por definir qué es un fanboy; para los efectos de esta columna y nuestra mirada editorial como Calabozo Mutante, es aquel camiseteado a morir que persigue ciegamente y de forma fanática todo aquello que se hace en torno a una marca, franquicia, personaje, serie, videojuego, banda de música, película, cómic, hardware, juego de mesa o estrategia y un enorme etc.

¿Es algo malo en sí ser fanboy? No, para nada. Los fanboys son los que acampan afuera de los cines y las tiendas esperando las novedades de aquello que aman a rabiar, y por ende son los que originan la noticia en muchos de los lanzamientos de productos o producciones audiovisuales, preventas de entradas y otros hitos camellos de este estilo. Y, en su esencia, el fanboy se convierte en el abogado de una marca, aquel que va por el mundo vociferando -sin que alguien se lo pida- y destacando los atributos positivos que tienen los productos que pertenecen a ella y, en rigor, representa a esa marca en la comunidad de usuarios y consumidores.

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Por consecuencia natural, entonces, los fanboys son aquellos que más saben sobre una marca y sus productos, incluso más que muchos que se dedican a comercializarlos. Y aquí es donde empieza el drama, porque el fanboy, al vincularse emocionalmente de forma poderosa a objetos de consumo, decanta frecuentemente por uno de dos caminos: el inspiracional, que es cuando un fan se apropia de los atributos de la marca o se identifica poderosamente con ella, al punto de hacer cosplay, fanarts, artefactos, vestuario, accesorios y muchas otras muestras de pasión por ese juego o cinta que les movió el piso, o el propietario, que internaliza a tal punto los atributos y características de un producto que empieza a sentirlo suyo.

Un estudio neurológico realizado por Kyungmi Kim y Marcia Johnson en 2010 notó que las áreas del cerebro que se sabe que están involucradas en la percepción de sí mismo que tiene cada individuo también se activan cuando creamos asociaciones entre cosas externas y nosotros a través del sentido de propiedad. Esto significa que aquellos fanboys que se sienten propietarios de una franquicia, un producto o simplemente una parte del ecosistema de características y emociones que dan forma a una marca sienten que, cuando una persona ataca a aquello que sienten que es su propiedad, también afecta la manera en que sienten que los percibe el medio que los rodea.

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En rigor, cuando le dices a un fanboy de DC que Batman vs Superman: Dawn of Justice es una mierda, le estás clavando una espina en su corazón de forma salvaje y sin anestesia. Además, como el fanboy propietario siente que el show es suyo, tiende a defenderlo con uñas y dientes, primero con argumentos en la misma línea de los que recibe en un debate serio (en este ejemplo, “es el inicio de un universo cinematográfico, que tiene sus propias líneas y un tono y estilo particular, la peli fue un buen ejercicio que va a cimentar otros films que vendrán, hay que analizarla también por ese mérito”) y, cuando la balanza se inclina mucho hacia el lado contrario -o cuando siente que la gente no quiere debatir en serio con él y solo se burlan del producto que ama-, denostando a todo ritmo el producto “del bando contrario” (esto es, de la otra marca relevante que compite en el mercado donde se posiciona ese producto), con frases como “es que DC es una hueá para adultos, para gente con criterio formado, no como esa mierda pendeja de Marvel”.

Todo esto, no obstante, es parte del folklore del mundo ñoñardo. Qué sería de nuestras comunidades de fans, convenciones y ferias sin el duelo épico de palos y comentarios mordaces entre dos o más bandos contrarios que defienden sus marcas con la camiseta tatuada en el corazound. ¿Es hinchapelotas? Muchísimo. Sin embargo, salvo casos particulares, no es dañino para la comunidad ñoñarda, que está acostumbrada a ver hueones picotas cada día y en todo lugar.

Y, en un mundo ideal, el choque entre estos grupos de fanboys, que se saben las características de los productos que adoran al revés al derecho e inician debates que nunca nadie pidió para discutir sus méritos en público, ya sea en Internet o en carretes, recreos de clases, happy hours o almuerzos de pega, aumenta el conocimiento que el resto tiene sobre un producto, para qué sirve y en qué consiste, y fomenta el desarrollo de dicha industria al empoderar de información al consumidor y permitirle exigir más y mejores atributos y herramientas para “ganar el gallito” a la competencia (o, simplemente, ser mejor en sí mismo).

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El problema es que, rara vez, esto ocurre. Los fanboys cada día más se convierten en devotos seguidores de una marca y no cuestionan racionalmente los productos que provienen de ella, causando que se sigan produciendo más productos iguales, en serie, que adolecen de los mismos problemas una y otra vez. El amor es ciego, dicen.

De este modo, las marcas captan el mensaje que deben seguir elaborando productos con el mismo espíritu porque eso es lo que su base de seguidores sigue consumiendo. El negocio no puede dejar de funcionar; las metas de ventas se tienen que cumplir y siempre se fijan en función del mes o año anterior, siempre hacia arriba. Entonces, ¿de qué manera se podría arriesgar la salud de un negocio al forzar la innovación de manera proactiva, solo porque alguien en la empresa siente que “estamos siendo una fábrica de vienesas y haciendo todos los días lo mismo”, si no sienten que la comunidad rechaza sus productos y esa molestia se refleja en una disminución de las ventas?

La cuestión del experto vs el iniciado

Y, a la irracionalidad de las elecciones de consumo del fanboy, le podemos sumar otro rasgo que frecuentemente está presente en estos personajes que circulan por las comunidades de adeptos a un hobby o fanaticada de alguna expresión artística, cultural o de un producto, y es la aversión que demuestran aquellos fanboys que poseen mayor conocimiento y experiencia en aquello que aman por los demás fans que tienen una trayectoria más discreta, breve o tangencial con sus objetos de pasión. En palabras simples, el odio parido que sienten muchos que se perciben a sí mismos como “pro” por los “noobs” que están dando sus primeros pasos en ese submundo ñoñardo. Y la razón por la que esto ocurre es tan humana como cualquiera.

De acuerdo al neurólogo David Lewis-Hodgson, nuestro cerebro lidia con todos los cálculos que debe hacer a diario con una serie de reglas, frecuentemente llamadas “heurísticas”, para dictaminar cómo nos comportamos. Y una de las reglas heurísticas más poderosas es el tribalismo, es decir, el comportamiento tanto dentro de un grupo como fuera de él. Como ya he explicado, los fanboys hacen suyos y se identifican con los atributos emocionales que conforman el capital de la marca que “los cobija”, y de esta forma se sienten reforzados en torno a ella para crear una comunidad uniforme bajo el “espíritu de la marca”, siendo este espíritu, interpretado subjetivamente por el fanboy, como “la manera correcta de ser fan” de esto o aquello. Por ende, estar alineado a este espíritu de la marca otorga un sentido tribal de pertenencia a un grupo donde hay más fanboys que comparten una mirada particular respecto al producto al que adoran con todo su ser, encontrando en ello afirmación positiva de la forma en que vemos el mundo, apoyo emocional y compañía.

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Esto, intrínsecamente, no es malo. Por supuesto que no lo es. El problema comienza cuando, subjetivamente, algunos fanboys comienzan a interpretar el espíritu de la marca como un mecanismo de segregación tribal, dejando adentro a aquellos que lo cumplen (según su visión, la cual casi siempre contiene más elementos de su cosecha y no necesariamente son promovidos por la marca que le da sentido a su “fandom”) y afuera a quienes sienten que están viviendo su fanatismo “de manera casual, irresponsable y liviana”. Y, para estos fanboys, el conocimiento es poder y aquel que más sabe sobre una serie, una película o un videojuego, o que muestra mayor proficiencia, pasa a liderar este esquema social de tribu e impone sus reglas de cómo debe operar la comunidad, del mismo modo en que ningún reinado es igual a otro, pese a que las reglas de la monarquía son siempre las mismas.

Así, si una chica se viste de Harley Quinn y se equivoca en mencionar un dato sobre el personaje que representa es socialmente repudiada por aquellos que se sienten propietarios y custodios del personaje, como fanboys y con sentido de pertenencia -y por qué no decirlo, liderazgo- del círculo de expertos en la pobre doctora Quinzel y su atribulada vida psicópata.

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Internet, además, ha permitido que los comentarios maliciosos sean cada vez más y más anónimos, por lo que es relativamente fácil establecer una manera de “ver la ñoñez” mientras tengas control sobre los factores que inciden en el alcance de tus mensajes (publicidad, difusión e identificación a través de influenciadores y capacidad de lucas para llevar tu mensaje hasta el infinito). De esta manera, el iniciado, aquel que recién descubre un hobby como el cosplay y da sus primeros pasos sin contactos ni mayor información para avanzar, verá cortadas sus alas en un dos por tres, ya que la comunidad valida inmediatamente el resultado final según su excelencia y no los méritos del progreso -además de atributos estéticos propios de un modelo machista de producción discursiva-, toda vez que se premia el producto sin observar el proceso. Y, si el pobre noob no encuentra un padrino o madrina que lo ayude a avanzar y sortear los dardos de los fanboys “dominantes” de la tribu, rápidamente sentirá desagrado de pertenecer -o buscar hacerlo- a esa comunidad, acto que indirectamente hace que se perpetúe la endogamia social de valores y credos en esa tribu.

Uno podría creer, a la luz de todo lo que he escrito, que el mundo ñoñardo está lleno de sacos de hueas y es imposible que este panorama cambie. Incluso, que el fanboy saco de hueas va a morir siendo un huea y las estructuras sociales de cada tribu van a seguir así hasta que ese fandom pase de moda o se reconvierta a otra cosa. Afortunadamente, no es así. El cerebro tiende a “podarse” a sí mismo de la maleza para adaptarse mejor al ambiente en el que se encuentra, conforme al paso de los años y las experiencias adquiridas, en un proceso desconocido aún para muchos ñoñardos que se llama coloquialmente madurez. Hasta que eso ocurra, tal como pasa con el amor adolescente y arrebatado, el ñoñardo vivirá su pasión de forma impulsiva, apasionada y territorial. Y, conforme pase el tiempo y los amores lleguen y se vayan, las relaciones adultas con sus objetos de interés y fanatismo tenderán a ser mesuradas y templadas entre la pasión y la razón, con espíritu crítico pero la camiseta bien puesta.


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Javosandoval

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