Grandes CSM de la historia chilena: Diego Portales, “el constitucionalista”


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Leyendo los comentarios de las anteriores notas de Grandes CSM de la historia chilena (Vicente Benavides, Inés de Suárez y Julius Popper) me he encontrado para sorpresa de nadie con varias dedicatorias llenas de amor a algunas figuras políticas joyonas de los tiempos modernos; les digo al toque que sí voy a escribir, eventualmente, de selectos próceres patrios del conchesumadrismo desde 1970 hasta nuestro hermoso tiempo presente, pero no aún, porque todavía tenemos harto material en el siglo antepasado para regocijarnos y pegarnos palmetazos en la zambeca de puro asombro.

Y es que a los analistas políticos les encanta situar los problemas del Chile de hoy -a saber, la relación incestuosa entre la política y los negocios, el lobby de grupos de interés en el Gobierno y la forzosa implantación de reformas estructurales que están más mal hechas que la animación de Dragon Ball Super– en figuras políticas del presente; lo que no se dan cuenta, o quizás no quieren enfrentar porque se les hace el cheketere, es que Chile siempre ha sido así, desde que es una república. Uno podría decir, sin miedo a equivocarse, que en la génesis de la democracia nacional el conchesumadrismo era la sustancia X que dio origen a los esbirros políticos al servicio del mercantilismo que hoy conocemos.

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Adivinen en qué época salió este billetito de edición limitada al mercado.

Me van a decir algunos “oye Javosandoval ql, si los que vendieron la patria fueron otros hueones” y yo diré “no es taaan así, pero todo el que olvida su historia está condenado a repetirla pues cabrito”, y qué mejor ejemplo de ello que Diego Portales, un socio que tiene calles, plazas, bibliotecas y hasta una universidad dedicada a su nombre pero fue el Todos en Uno de los cánceres que hoy aquejan a nuestra poco distinguida clase política. Es más, de seguro unos cuantos honorables del Congreso 2015 le prenden velitas en secreto para encomendarse al conservador por antonomasia de nuestro Chile cartucho y doble estándar.

 

El surgimiento del momio primigenio

El que busca siempre encuentra, y cuando uno hace la pega de inquirir sobre esa costumbre tan propia de la derecha de tener una millonada de hijos, criticar a los que se divorcian y mirarlos en menos, pero igual hacerlo y dejar brocacochis regados por todos lados, hay que puro tomar los libros de historia y tate, ahí está la madre del cordero.

Dieguito nació en el “Molino de los Portales”, parte de la chacra que pertenecía a su taita el 16 de junio de 1793. Sus papis, José Santiago Portales Larraín y María Encarnación Fernández de Palazuelos, le pusieron Diego José Pedro Víctor (y ahora entiendo esa manía de la gente conservadora por plagar de nombres a sus hijuelos). Fue el cuarto de veintitrés hermanos, dato que sabemos porque, cuando su viejo -quien había sido bien movido en la revolución iniciada en 1810, llegando a ocupar cargos importantes en el Congreso y algunas juntas de gobierno- cayó en cana, su madre pidió ayuda públicamente para poder mantener a sus críos y dejó a todo Santiago más que claro de que ella había pasado la mitad de su vida pariendo.

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El Convictorio Carolino era financiado por la Corona de España e incluso el Rey becaba a cuatro estudiantes notables del colegio. Dieguito siempre fue un rebelde, y no aprendía ni un carajo en las aulas porque tenía intereses más choriflai en mente, como ser el ídolo de Montgomery Burns.

Pero Dieguito estudió en el Convictorio Carolino, un colegio colonial donde la élite se educaba en latín, teología y filosofía bajo un estricto régimen disciplinario; algunos castigos piola que te daban si eras desordenado eran los azotes y el cepo, y cualquier conducta dentro o fuera del establecimiento que estuviera “reñida con la moral y las buenas costumbres” (como agarrarse a cachos, andar con chicas de la buena vida, apostar en juegos de azar o hablar como punga) te hacían ganador de un lindo correctivo. Y es que para entrar a este colegio tenías que “ser hijo de legítimo matrimonio, conocida virtud y que no sean notados de infamia”. O sea, el Convictorio Carolino fue el alma mater de la GCU que conocemos hoy.

Eventualmente el Convictorio Carolino fue anexado al recién fundado Instituto Nacional, donde Dieguito estudió leyes pero las mandó al carajo porque empezó a sentir cositas especiales por la docimacia, el arte de ensayar los minerales (en otras palabras, le brillaron los ojitos por la plata, literalmente). Para 1817, ya se había recibido como ensayador y empezó a trabajar en la Casa de Moneda, donde su taita era uno de los pulentos. Sin embargo, a Dieguito todas las ideas libertarias que andaban dando vueltas en el Chilito de la época le chupaban un huevo; se dedicó a los estudios y su pega, e incluso cuando las represalias contra los revolucionarios le pegaron directo en su familia y su viejo se fue exiliado a las islas de Juan Fernández, el socio siguió metido en su sabrosalsa.

El retrato que Claudio Gay (naturalista e historiador francés que Dieguito contrató para que documentara la flora, fauna y geografía de Chile) hizo de Portales es lo más bishounen que hay.

Es que Dieguito tenía cosas más importantes en mente, como jotear a su prima hermana Josefa Portales Larraín, de la que había estado enamorado desde su adolescencia febril, y tanto fue el agua al cántaro que nació Chocapic: los Portales se casaron en 1819 y tuvieron dos hijas. Lamentablemente para Dieguito, las niñas fallecieron y al poco tiempo lo hizo también su prima esposa, en 1821. Portales, apenas un cabro, ya era viudo y había enterrado a dos retoñitas. Esto solo endureció su carácter e incentivó su cinismo. El socio hizo la clásica del hombre que no llora, y se refugió en la pega y los negocios. Durante su tiempo en la Casa de Moneda, había empezado a abandonar el ensayo de minerales para coquetear con el mundo empresarial, y junto a José Manuel Cea armaron una PyME con la que se radicaron en Perú. Y ser un comerciante no solo le gustó harto, sino que le permitió financiar todos esos “lujitos” que a Dieguito tanto le gustaban.

(…) mas tarde se dedicó al comercio, llevando en uno y otro giro una vida oscura en medio del estruendo de la guerra, y consagrada a sus afecciones privadas. Pero allí en la oscuridad era siempre el dominador de todo lo que le rodeaba. Dotado de una voluntad persistente y enérgica, dominaba en sus amores como en sus amistades, en el escritorio como en la tertulia, y tenía siempre a su devoción a muchos parásitos, porque era generoso, franco y leal.

– Don Diego Portales. Juicio Histórico

 

Política y negocios, juntos para siempre

A la empresa de comercio internacional Portales, Cea y Cía., sin embargo, aunque tuvo un buen comienzo y además de operar en Perú también abrió negocios en Chile, no le estaba yendo taaaan bien como esperaba Dieguito. Afortunadamente para él, cuando estuvo en el país del norte empezó a sacarle el rollo a la política y se dio cuenta de algo esencial: toda aspiración de poder de algún honorable necesita un espaldarazo económico para hacerla wendy. Entonces, Dieguito aprovechó la deuda que había quedado haciendo agua en el Estado chileno luego de la caída de O’Higgins, gracias al financiamiento de la expedición libertadora del Perú, para sentar el precedente que SQM, Penta y tantos otros han seguido al pie de la letra como buenos portalianos.

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Dieguito había recontrajurado que moriría soltero luego de la muerte de su prima esposa Josefa, así que cuando conoció a la jovencilla peruana Constanza de Nordenflycht e iniciaron una relación, nunca la pasó por la libreta; un hombre consecuente. CSM, pero consecuente. Con ella tuvo tres hijos, a los cuales se refirió como “inocentes frutos de mi indiscreción y juventud”. Suave.

Chile, necesitando con urgencia un acreedor para ayudar a solventar su deuda, decidió restablecer el estanco del tabaco, y metió en el saco algunas otras cosas piola, como los naipes, el té y los licores extranjeros. Ni tonto ni perezoso, Dieguito se las ingenió para meter a su PyME en una licitación donde solo participó Portales, Cea y Cía., y se quedó con el monopolio de la industria del vicio por diez años. Cómo la ven.

En este rol, Dieguito empezó a codearse con altos funcionarios políticos del gobierno interino de Fernando Errázuriz, además de polícios, miembros del poder judicial y la policía. Ahí empezó a picarle el bichito de la política, porque cachó que con lucas bailaba el monito y él las tenía; mientras fuera capaz de ayudar al Estado a salir de la B, denunciando además como parte del contrato a todos los traficantes del mercado negro que comercializaban los productos que él distribuía, era un amigo de Chile y la casta política lo recibía con los brazos abiertos. Se metió a la institución gremial de los grandes comerciantes, el Consulado, y al cabo de tres años Portales tenía sus raíces metidas en todas partes.

En breve tiempo fue Portales un potentado, que tenía a sus órdenes y escalonada en todo el país una falange de guardas y de espías, que perseguían a los sembradores y comerciantes de tabaco a sangre y fuego, que les decomisaban su mercadería o la incendiaban, que talaban sembrados o allanaban la propiedad particular a su arbitrio. Tenía además factorías y resguardos que servían mejor a sus propios intereses que los resguardos y aduanas públicas al Estado, y dependían de él los estancos de las ciudades, los estanquillos de las aldeas y campañas y hasta, las cigarrerías y las cortadoras de hojas destinadas al cigarrillo. Portales pesaba, pues, de lleno sobre todos los fumadores de la república, quienes, por una visión de óptica muy natural y frecuente en el orden político, veían en él solamente al árbitro dispensador del buen fumar, mientras que en el gobierno veían al tirano de su afición al tabaco.

– Don Diego Portales. Juicio Histórico

Incluso cuando al cuarto año de contrato el Congreso Nacional, presionado por la mala fama que Dieguito se había labrado en la opinión pública por la naturaleza altamente orgiástica de sus tertulias absolutamente llenas de sexo, drogas y rock’n roll, se vio forzado a terminar el contrato con la empresa de Portales -indemnizando de paso a los socios, quienes ganaron todavía más lucas gracias al fisco-, nuestro “héroe” ya tenía en el bolsillo y a su cola a un montón de seres influyentes y corruptos que, viendo en Dieguito al benefactor que siempre les “tiende una mano” (en todo sentido del término) al que necesita, le prestaban ropa en todas las aspiraciones que tenía el cabro. Apenas pasando los treinta años, Dieguito ya se había convertido en el Littlefinger de la joven República de Chile.

 

Dieguito, “el salvador político” de Chilito

¿Y qué hace un empresario caído en desgracia? Pues atacar al bando político liberal (los pipiolos), exponiendo cada vez más en público su ideario que empezó a gestar al observar en Perú cómo era la escalada de los monicacos al poder, y que fue patente en la carta que envió en 1822 a su socio José Manuel Cea:

A mí las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual.

– Extracto de la carta de Diego Portales a José Manuel Cea, en 1822.

Para Dieguito, se debía “dejar caer el peso de la noche”, para que pudieran desarrollarse los negocios particulares, privilegiando el orden por sobre las libertades particulares. Porque para el socio, un régimen autoritario era la única forma de poner orden a la barbarie, tal como escribiera años más tarde a Joaquín Tocornal en otra infame carta facha:

El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública. Si ella faltase, nos encontraríamos a obscuras y sin poder contener a los díscolos más que con medidas dictadas por la razón, o que la experiencia ha enseñado ser útiles; pero, entre tanto, ni en esta línea ni en ninguna otra encontramos funcionarios que sepan ni puedan expedirse, porque ignoran sus atribuciones. (…) El país está en un estado de barbarie que hasta los Intendentes creen que toda legislación esta contenida en la ley fundamental, y por esto se creen sin más atribuciones que las que leen mal explicadas en la Constitución. Para casi todos ellos no existe el Código de Intendentes, lo juzgan derogado por el Código Constitucional, y el que así no lo cree, ignora la parte que, tanto en el de Intendentes como en su adición, se ha puesto fuera de las facultades de estos funcionarios por habérselas apropiado el gobierno general.

– Extracto de la carta de Diego Portales a Joaquín Tocornal, en 1832.

Dieguito estaba más contento que perro con dos colas cuando los pelucones (bando conservador del que Portales era calcetinero), a través de la revolución del general Prieto, “regresaron a Chile al orden” y puro al fin entrar a la política como una figura influyente. Fue el que siempre estuvo al lado de Joaquín Prieto, susurrando ideas a su oído y aconsejando al general, sugiriendo que imponerse por la fuerza era la mano. Era lo que correspondía, decía Dieguito, a los momentos críticos por los que atravesaba la República.

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Algunas medallas de Dieguito luego de la guerra civil entre pelucones y pipiolos que ganaron los primeros: exilió a todos los líderes pipiolos; restableció la Academia Militar (antecesora de la Escuela Militar); creó la guardia cívica, con el doble objetivo de vigilar que no se organizaran actos contra el nuevo gobierno y como mecanismo para moralizar e “instruir” al pueblo, logrando que solo una fuera de 3.000 satánicos se echara a más de 30.000 civiles; devolvió a la iglesia católica todos los bienes que perdieron entre 1823 y 1829 y restableció el diezmo; castigó delincuentes en jaulas ambulantes enganchadas a yuntas de bueyes para azotarlos en público; y prohibió las tabernas populares. Algo poco.

Así, se convirtió en diputado suplente por Santiago, en las Asambleas Provinciales de 1823, Asamblea Provincial de Santiago, 29 de marzo – 3 de abril de 1823. Luego, fue nombrado ministro del Interior y Relaciones Exteriores, el 6 de abril de 1830 al 1° de mayo de 1831, durante los gobiernos de José Tomás Ovalle y Fernando Errázuriz. Y también fue ministro de Guerra y Marina, en el mismo periodo. Reasumió más tarde como ministro del Interior y Relaciones Exteriores, desde el 9 de julio al 31 de agosto de 1831; y reasumió también, durante el mismo periodo, como ministro de Guerra y Marina. Y cuando un mismo cabro facho está al mando de las carteras de Interior y Guerra y Marina, ¿qué es lo peor que puede pasar?

 

La Constitución que todavía nos tiene por las brevas

¡BAM! Constitución de 1833. Dieguito, como buen manipulador de hilos finos y medianamente invisibles, no la redactó directamente pero sí intervino haciendo puros inception, durante toda una década, en todos los connotados responsables de elaborar el documento.

En ella se estableció una República Presidencial “democrática” donde el poder supremo recaía en un Presidente que era escogido por un colegio electoral cada cinco años; podía intervenir en casi todo, desde nombrar autoridades eclesiásticas hasta declarar estado de sitio. Las autoridades de la Iglesia tenían voz y voto en las decisiones del presidente, ya que eran parte del Consejo de Estado junto a los Ministros del Despacho y miembros del Senado. Además, podía vetar las leyes aprobadas por el Congreso. Pura magia.

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La redactó Mariano Egaña pero en realidad era el sueño húmedo de Dieguito y un montón de aristrócratas que querían llevar el país por la correa pero “en el marco legal”, porque qué flaite es hacerlo a la mala. Este documento fue la inspiración vocacional de la Constitución de la dictadura militar. Y es que Portales en el fondo despreciaba la carta fundamental como documento rector, aspirando a un modelo autoritario en que el liderazgo moral y fáctico estuviera en personas notables y no en un marco regulatorio.

Entonces, ¿por qué era democrático? Pues la Constitución consignaba un sistema de voto, pero solo podían participar de él algunas personas que pagaban un impuesto mínimo, ganaban cierta cantidad de lucas y poseían algunos bienes raíces que los hacían ver bien ante los ojos del Estado. De esta manera, el Partido Conservador tuvo el poder de las elecciones políticas en Chilito hasta 1861.

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Fuck leyes, yo solo quiero bailar la Macarena. Jaime Guzmán imprimiría sábanas con sus pensamientos para dormir plácidamente.

 

Perú y Bolivia quieren lo nuestro, ¡a la guerra!

Dieguito, habiendo vuelto al Gobierno luego de su auto marginación para dedicarse a los negocios (era que no) y a la gobernación de Valparaíso, ordenó de nuevo la casa y trajo la rigurosidad en el aparato público que había dejado con tersianas a tantos funcionarios más acostumbrados a tirarse los compañones -Portales era el primero en llegar y el último en irse, entraba a las oficinas a cualquier hora y momento para ver qué estaba haciendo la gente y se puso cuático reduciendo el gasto fiscal y el volumen del sector público-, empezó a mirar con malos ojos la formación de la Confederación Perú-Boliviana, liderada por el mandamás de Bolivia, Andrés de Santa Cruz.

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Hasta en su carta de “Mitos y Leyendas” Dieguito no puede ser anulado, permite usar más soldados reduciendo el gasto público y te deja robar.

En esos años, Portales pesaba harto más que el Presidente, José Joaquín Prieto, y era en realidad el cabecilla del proyecto de gobierno como ideólogo y mano firme en la toma de decisiones polémicas pero favorables a la clase dirigente chilena que como a nadie le sorprende era la oligarquía. Se había armado una marina mercante piola con sede en Valpo, que ya era el puerto más relevante de Sudamérica. El surgimiento de la Confederación, que amenazaba el poderío comercial chileno en las aguas del continente, hizo que se le apretara el OGT a los pirulos y a Dieguito, su superhéroe, quien transmitió estas preocupaciones a Prieto y se declaró la guerra a la Confederación.

Fue el mismo Dieguito quien empezó a organizar la guerra, creando un ejército expedicionario que sacó ronchas en todo Chile, no solo entre los liberales que Portales había descabezado, sino también entre los militares -que Portales también había minimizado en poder- que no estaban muy de acuerdo con ir a morir para defender los intereses de la gente pituca en un conflicto al que no le veían mucho sentido.

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– ¡Pero si yo soy el Organizador de la República! – Te doy hasta diez para saques tu facho, conspirador y bohemio rostro de mi vista. Uno, dos… RA TA TA TA TAN. Feliz Navidad. RA TA TA TA TAN. Y feliz Año Nuevo.

Y por eso, el 3 de junio de 1837, cuando Dieguito estaba pasando revista al regimiento Maipú en Quillota, los cabros se sublevaron al mando del coronel José Antonio Vidaurre, secuestraron al momio emblemático y se lo pitiearon tres días después. GGWP, Portales.

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El Círculo Portaliano, grupo de notables que a través de los años se han dedicado de manera efusiva a mantener vivo el legado ideológico de Dieguito, existen y están entre nosotros. Una especie de sociedad-no-tan-secreta que busca moldear el país que “necesitamos” con orden y progreso en forma de desarrollo empresarial. O sea, el ilustre empresario facho de hoy que leemos en la prensa todos los días.

Pucha, eso es lo que pasa cuando uno juega el Juego de Tronos. Dieguito en realidad fue el que controlaba a todos los peones pero, a la hora de la verdad, se le regresó todo el mal karma. La historia, curiosamente, recuerda a Portales como un prócer del orden y la patria, un constitucionalista a la vena y un burócrata de esos que ya no existen, facilitando la independencia del poder judicial, creando más escuelas y generando un Estado seguro para todos. Pero recordemos también que la prensa liberal fue censurada de manera para qué más cuática en esa época, así que la cosa era bien Corea del Norte; nuestro líder es hermoso y maravilloso, etc.

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El año 2006, el edificio Diego Portales (hoy GAM) se incendió por sobrecalentamiento de su sistema eléctrico. Igual que Dieguito, que armaba zamba y canuta en sus tertulias memorables. Sífilis era la medalla mínima con la que te ibas.

Juzga tú, en base a la evidencia expuesta aquí y en otros artículos que te recomiendo encarecidamente leer si es que te interesa la vida y obra de Dieguito (como este y este otro), si fue o no un CSM. Pero para mí, a la luz de todo lo que les conté, este socio tenía las tres letras CSM tatuadas en cada parte de su drogadicta humanidad.

Muy pronto (onda, mañana) una nueva nota de esta serie que, les digo desde ya, va a dejar la mansaca.


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