Grandes CSM de la historia chilena: Las anti glorias del Ejército


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Desde 1915, el 19 de septiembre no solo es feriado nacional y un día más completito para hacernos bolsa comiendo y tomando sino también un momento esperado por las Fuerzas Armadas de Chile y algunos entusiastas del aparato militar, en que los uniformados salen a la pista del Parque O’higgins para mostrar sus tanques, efectivos, helicópteros, aviones y otras maquinarias y armamento que parecen no tener otra finalidad que mostrar a los países vecinos, en un arrogante discurso de beligerancia siempre presente, que “aquí estamos, seguimos vigentes y no conviene meterse con nosotros”. Un zorroneo muy chileno, en que se le muestra también a la ciudadanía en qué se ha gastado el porcentaje de sus impuestos que va a parar a las fuerzas del orden y cuya función se ha visto inmensamente necesaria en episodios de crisis por desastres naturales, que tienen a nuestro país de casero, pero que a muchos no les queda tan clara el resto del año.

O por qué necesitamos tanto tanque, tanto avión carísimo, toda esa parafernalia; ¿es realmente necesario jugar al “quién la tiene más grande” cada año en este ritual militar televisado? ¿Ayuda en algo tener a los países aledaños a Chile pendientes de los cacharros con que podemos patearles el trasero en caso de una posible guerra que todos deseamos que ojalá nunca ocurra?

Un oficial de la Armada que prefirió mantenerse anónimo me contó que “sí, es absolutamente necesario por tres razones principales, aunque hay más; uno, aunque no lo creas ocurre mucho espionaje entre Chile y otros países, porque la beligerancia está siempre presente y, aunque en la política no se note tanto, son países muy resentidos militarmente con nosotros. Más que ir a provocarlos, nosotros tenemos que estar protegidos y mantener vigentes nuestros protocolos de defensa nacional. Dos, es una especie de cuenta pública en que se muestra al país que no somos personas que hacemos nada y se nos paga un sueldo porque sí; los marinos por ejemplo hacemos mucha pega administrativa de puertos, playas y caletas, y como eso no sale en las noticias se siente como que no existe, aunque los vecinos saben que estamos trabajando para el país constantemente. Y tres, porque es una tradición republicana que este año cumple cien años y es importante respetar esas cosas para mantener la identidad chilena”.

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“Vuestros nombres, valientes soldados, que habéis sido de Chile el sostén, nuestros pechos los llevan grabados, lo sabrán nuestros hijos también. Sean ellos el grito de muerte, que lancemos marchando a lidiar, y sonando en la boca del fuerte, hagan siempre al tirano temblar.” Tercera estrofa original del himno nacional de Chile, que recibió una sonora PLR post dictadura.

Otro uniformado, un oficial del Ejército, no obstante, aseguró una justificación algo menos instrumental y más profunda para la existencia de la Parada Militar:

La historia de Chile desde siempre ha estado ligada a las Fuerzas Armadas, incluso cuando no se llamaban así en la época del director general Bernardo O’Higgins. Estamos llamados a mantener el orden institucional en Chile, y es lo que hemos hecho en cada momento cuando el país ha estado sumido en el caos, porque esa es nuestra pega. La gente reconoce que somos instituciones que, frente a la inseguridad que perciben a diario en las noticias y en el transporte público, estamos ahí disponibles y siempre preparados para servir al país, de manera desinteresada, dejando atrás nuestras familias y arriesgando la vida por ayudar y proteger a otros chilenos.

– Oficial anónimo del Ejército.

Y en efecto pues cabritos, dice nuestra Constitución en el Capítulo 10, artículo 90, que las Fuerzas Armadas y de Orden tienen como pega “garantizar el orden institucional de la República”, ya que son cuerpos armados “esencialmente obedientes y no deliberantes”. Por ende, “preservar la paz” y “proteger a la población” son acciones que van muy de la mano con una conducta gloriosa que vale la pena conmemorar con un brindis de chicha en cacho al menos un día al año. ¿O no?

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La Parada Militar de 1997 fue la final para Pinochet como Comandante en Jefe del Ejército, y hartos “entusiastas” la consideran como la mejor; cuando pasó el escuadrón motorizado, se interpretó una marcha escrita al honor de “el tata”.

Es que cuando uno va a revisar la historia va encontrando que, quizás en más ocasiones de las que han mostrado un ejercicio honorable de sus funciones y una vocación digna de aplaudir, nuestras Fuerzas Armadas se han comportado de manera bastante cuestionable y cutre, atacando a su propio pueblo -los chilenos que la Constitución los obliga a proteger- en episodios lamentables y penosos que, para sorpresa de nadie a esta altura de nuestra historia, fueron comandados por altos oficiales uniformados. Ay ay ay.

Desde que asesinaron a Manuel Rodríguez, en 1818, hasta 1973, el ejército intervino violentamente masacrando en veintitrés oportunidades. En Latinoamérica es un caso único. No existe otro país donde el ejército haya violentado a su propio pueblo en veintitrés ocasiones. Todas sus intervenciones fueron siempre en la misma dirección: para proteger el Estado mercantil, para proteger las distintas versiones del Estado portaliano y reprimir a sus opositores. Ese ejército le ha servido para reprimir a los rotos y para ganar unas provincias a Perú y Bolivia. Antes, Estado e Iglesia estaban unidos, hoy la verdadera relación es entre Estado y ejército. Es el ejército el que ha permitido dictar las Constituciones de 1833, 1925 y 1980. El ejército es el verdadero dueño del Estado.

Gabriel Salazar a diario Punto Final, Nº 694, del 17 de septiembre de 2009.

Dicho esto, como ya sabemos por la tele toda la pega valorable y bacán que las Fuerzas Armadas hacen en Chile, especialmente en momentos en que el país sufre por terremotos, erupciones volcánicas, aluviones y tsunamis, vamos a hablar un poquito acá de esos otros momentos de vergüenza, las anti glorias del Ejército; no por cargosear ni ser mala onda con los cabros que se acuartelan cuando va a quedar la escoba en el país, sino para recordar que estas aberraciones ocurrieron y nunca jamás ningún contexto histórico podrá justificar el alzar las armas en contra de tu propia gente.

 

La batalla de Lircay: brutalidad cuática en contra del “enemigo” ciudadano

En 1829, y como les conté en la nota sobre Dieguito, José Joaquín Prieto, Manuel Bulnes y el empresario/político/Littlefinger Portales se fueron en contra del ejército de ciudadanos, a los que no solo vencieron en combate sino que los descuartizaron a hachazo limpio, mientras que los sobrevivientes fueron metidos a la capacha y de ahí, a los líderes los mandaron cascando afuera del país.

La batalla de Lircay no es una gloria, es una vergüenza de un ejército que fue conducido por una oligarquía para masacrar a su propio pueblo.

Gabriel Salazar, en Radio Universidad de Chile, 2012.

Convengamos, eso sí, que el ejército satánico que hizo todas estas barbaridades no era el mismo responsable de las atrocidades que les voy a contar más adelante. El golpe fue obra de un ejército liderado por Prieto y Bulnes pero que estaba formado de manera mercenaria entre inquilinos de fundos y algunas tropas de Bulnes que llegaron desde La Frontera, donde estaban agarrándose a cachos con el pueblo mapuche. Y fue este ejército hechizo el que se enfrentó con el constitucional, comandado por Ramón Freire. Los liberales eran mayoría en esa época, tanto a nivel social como político, y los pelucones que tomaron el poder quisieron dar el ejemplo y meter cuco a la gente siendo particularmente brutales en su castigo a los prisioneros de guerra. Los militares constitucionales capturados, como el coronel Tupper, fueron matados a hachazos.

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Pelucones vs Pipiolos: Civil War.

Acto seguido, vinieron los fusilamientos, exoneraciones, exilio y relegaciones de los demás cabecillas del bando derrotado. La represión promovida por el triministro Portales fue enormemente cuática, pero no logró silenciar la animosidad liberal ni acallar el odio parido que le tenía el ejército, al que había disminuido de manera sistemática no solo en lo de Lircay, sino dando de baja a más de doscientos oficiales, sin derecho a pataleo ni a gozar de beneficios como una pensión vitalicia. Esa dictadura efectiva se extendió al “populacho”, al que se le privó de espacios públicos de merequetengue como las tabernas y se le castigó de manera pública con azotes si los pillaban haciendo algo en contra del régimen imperante. Y, si recordamos que gran parte de los oficiales a los que les dieron la PLR habían peleado en la guerra de Independencia y eran cracks para muchos liberales chilenos, no es difícil de entender por qué hubo cerca de siete motines militares y civiles entre 1830 y 1837, siendo este último el R.I.P. de Dieguito.

 

La violenta y bestial “pacificación de La Araucanía”

En 1820, el Estado chileno reconoció la autonomía del territorio mapuche que se extendía desde la ribera sur del Biobío, y firmó tratados con este pueblo originario para que se respetara, de ley y buena fe, esta separación limítrofe y los mapuche pudieran hacer actividad productiva libre en sus tierras y vivir en sus costumbres y creencias sin que nadie fuera a aportillarles el panizo. Fue en el Parlamento de Tapihue de 1825 cuando la República chilena reconoció la frontera del territorio mapuche y, en la Ley de 1852, creó la provincia de Arauco y estipuló que los territorios que conformaban esta zona eran mapuche con todas las de la ley. Hasta ahí, una historia de paz y amor.

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En el Parlamento celebrado en Hipinco entre el coronel Saavedra y todas las tribus costinas y abajinas, nótese la sentada de la realeza del militar.

Sin embargo, alrededor de 1860 el Estado fue cachando que había hecho un pésimo negocio, ya que estas tierras eran para qué más pulentas y había que sacarles provecho económico y geopolítico; no podían seguir siendo administradas por sus legítimos dueños, porque “Chile necesita seguir creciendo”.

Ésta fue una ocupación militar e implicó el desalojo violento de mapuches de sus tierras ancestrales, la pérdida de miles de hectáreas que fueron entregadas a grandes propietarios agrícolas o a colonos chilenos y extranjeros, obligando al pueblo mapuche a vivir en pequeñas reducciones, generalmente con las tierras más malas y que no tenían mayor interés económico. (Pacificación de La Araucanía) es un término muy incorrecto y que tiene una carga ideológica muy grande, puesto que es un eufemismo para designar un acto violento de despojo del territorio mapuche ancestral, quienes son sus legítimos propietarios.

– Sergio Grez, historiador y académico de la Universidad de Chile, a ElDesconcierto.cl el 3 de enero de 2014.

De pacificación no tuvo nada. El Ejército chileno, bajo órdenes de cinco presidentes distintos, armó el caos en La Araucanía por treinta años, matando indígenas, incendianto centenas, sacrificando ganado y violando “con y sin violencia” a destajo.

La primera vez que el Ejército de Chile es utilizado por los gobernantes civiles contra su propio pueblo puede ser fechada en 1853. No solo es utilizado: se deja utilizar sin ninguna preocupación moral, y algunos de sus generales y jefes militares obtienen incluso en esta guerra de exterminio contra los pueblos mapuches radicados al sur de La Frontera -la región comprendida entre los ríos Bío-Bío y Toltén-, pingües beneficios económicos, como, por ejemplo, la propiedad de grandes extensiones de tierra arrebatadas a los indios.

“Chile una dictadura militar permanente (1811-1999)” de Patricio Manns.

La campaña de “pacificación” fue liderada por Cornelio Saavedra y, luego de avanzar entre 1862 y 1883 refundando Angol, fortificando la línea del río Malleco, ocupando Purén y Lumaco, la costa de Arauco hacia Tirúa, fijando hacia 1870 la frontera por el sur en Toltén, incorporando la costa hacia Queule, subiendo por el río San José hasta Mariquina, avanzando ya en 1874 hacia Traiguén, estableciendo nuevamente la línea en el Cautín, desde la cordillera en Curacautón hasta que desemboca el río en el océano y finalmente ocupando Villarrica-Pucón, Lonquimay y Alto Biobío, el Estado chileno finalmente tuvo jurisdicción por la fuerza, cuando el cacique Epulef entregó las ruinas de Villarrica a las autoridades y se sometió a su soberanía.

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Benjamín Vicuña Mackenna, si bien fue un liberal rebelde, defendió de manera acérrima la ocupación militar del territorio mapuche, como se puede leer en su discurso “La conquista de Arauco”. Este documento, en sus páginas 9, 10 y 11, nos muestra el ideario del cabro quien incluso propone que toda autonomía política de La Araucanía sea aniquilada tal como hizo Roma con Cártago. Ouch.

Para entender un poco la brutalidad de este proceso sangriento y movido por la imperiosa necesidad de lucrar con lo ajeno, se puede mencionar cuando, el 5 de noviembre de 1881, el fuerte Temuco fue rodeado por cojonudos mapuche al mando del longko Marinao, buscando evitar que el Ejército pudiera enviar refuerzos a otros lados; era una acción extrema, una de las últimas que los mapuche se podían permitir con sus fuerzas ya masacradas y violentadas en casi todo el territorio que alguna vez fue suyo.

(El 10 de noviembre) el mayor de carabineros Bonifacio Burgos los persiguió (a los mapuche) hasta la bajada de Santa Rosa, dándoles alcance en un sitio cercano entre el antiguo campamento y lo que es hoy día la quinta Pomona (actualmente sector Pomona, Santa Rosa, Temuco). Allí quedaron, como resultado, 75 indígenas muertos, por lo cual – desde entonces y antes de la existencia del barrio Santa Rosa – ese sector se conoció como el barrio de la Matanza o de la Mortandad”

“Historia de Temuco” de Eduardo Pino Zapata, página 19.

Más encima, cuando los pocos mapuche sobrevivientes a la barbarie intentaron arrancar hacia Argentina, donde otrora tenían tránsito libre, se encontraron con que en el país vecino estaba quedando la crema con la Campaña del Desierto (de la que les conté brevemente en la nota sobre Julius Popper) y que también hizo añicos a sus pueblos originarios para “rentabilizar” las tierras que ocupaban y sacar réditos para el Estado. Los mapuche no aguantaron la presión de los ejércitos por ambos lados y perdieron no solo sus territorios, sino que su sociedad fue desarticulada y no tuvieron más opción que reorganizarse como pueblo, tanto en su identidad como en su formas de vida.

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Ejército 1 – Pueblo mapuche 0. Por la cresta qué injusticia.

Sin muchas opciones para sobrevivir, los mapuche comenzaron a migrar hacia centros urbanos en busca de trabajo, volviéndose mano de obra barata y ubicándose en la periferia de las ciudades, dedicándose a oficios como la panadería, la construcción y el servicio doméstico, además de vender escasos bienes trabajados en la tierra en las ferias. Se les discrimina brígido durante este periodo, por no hablar el español, y era frecuente ver que a las mujeres mapuche les gritaban en su cara “indias” o “china bruta”.

En estos últimos días se han venido un buen numero de familias de la cordillera en donde no pudieron estar por más tiempo por haberse agotado los frutos silvestres de que principalmente se alimentaban. Se han presentado pidiendo socorro al fuerte de Curacautín, en cuyos alrededores han construido habitaciones y han formado una especie de reducción o colonia. Todos vienen en estado verdaderamente lamentable.
Memoria de Guerra Pacificación de la Araucanía 1887, en “Historia del Pueblo Mapuche” de José Bengoa, página 372.

Y lo peor de todo es que las heridas de esta “campaña de pacificación” se sienten todavía en la actualidad, a través del discurso social presente desde los nombres de comunas hasta las plazas recreativas de las ciudades donde muchos mapuche acuden a vender sus productos labrados en la tierra y enfrentan, además, la humillación de estar parados en calles consignadas a seres que de heroico tenían bien poco.

Al hablar hoy de “Pacificación de La Araucanía”, se reabre una herida profunda en el alma de todo un pueblo y, así como las palabras pesan en la historia, también lo hacen los nombres y las denominaciones. Hoy, por citar un ejemplo, la comuna costera de Saavedra en La Araucanía, cuya población mapuche se aproxima al 80%, recuerda el nombre del militar que condujo la “pacificación” y la calle principal de Puerto Saavedra está bautizada como Ejército, en memoria de aquel cuerpo armado que supuestamente trajo paz a la región. Me pregunto si hay algo más violento que casos como este para la memoria del Pueblo Mapuche.

Andrés Jouannet, en “Pacificación de la Araucanía: del lenguaje del Gobierno a la inacción”, El Mostrador, 11 de febrero de 2014.

 

Las masacres obreras: el Ejército vs el ciudadano común

Si quisiera detenerme en cada una de las respuestas militares que el Estado tuvo en contra de los movimientos incipientes por derechos obreros en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, terminaría estresado y con una lágrima gigante en la garganta, de pura vergüenza y rabia, indignado por la violencia con que en Chile se ha reprimido al que reclama por algo distinto a lo que la élite le deja en la orilla del plato.

Alrededor de 1885, un movimiento social estructurado en torno a cabros y veteranos artesanos y también gremios urbanos de obreros, como carpinteros, sastres, zapateros y ebanistas, entre varios otros rubros, empezaron a formar mutuales, cooperativas, escuelas nocturnas de trabajadores, periódicos populares y hasta cajas de ahorro, en una iniciativa colectiva que fue dando forma a la “regeneración del pueblo”, con tintes liberales, laicos, reformistas e ilustrados. Estos socios, empoderados y unidos, estaban chatos de tener que andar protegiendo los intereses de un puñado de “notables” y querían cambios estructurales que les permitieran optar a una mejor calidad de vida, como el proteccionismo para las manufacturas chilensis y la abolición o reforma del servicio en la Guardia Nacional: hacia fines de 1887, esta evolución política del pueblo, lejos de los ideales liberales pirulos de la GCU, llevó a la fundación del Partido Democrático, dejando claro que ambas corrientes de pensamiento iban por carriles distintos, porque los demócratas estaban por la emancipación política, social y económica del pueblo. Shorty.

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La “huelga de los tranvías” fue el puntapié inicial de la “cuestión social” que enfrentó a la GCU con la clase obrera. Esta no tuvo historias de amor de lucha de clases como en los libros de Nicholas Sparks, pero sí harta sangre derramada.

En 1888, el movimiento popular peleó por la rebaja de los pasajes de los tranvías y lo que era una reunión política piola entre distintos representantes de los bandos que cortaban el queque se convirtió en una mansaca de tomo y lomo. Esta “huelga de los tranvías” fue el primer hito en una serie de momentos funestos en que el Estado ordenó que las Fuerzas Armadas (estando o no a favor de las medidas) fueran directo al corazón del problema y se hicieran cargo a la mala de los conflictos obreros.

Fue así como, en 1905, una coalición bien cotota de sociedades populares pidió la abolición del impuesto al ganado argentino, ya que la carne se volvía más cara y beneficiaba solo a los latifundistas nacionales quienes se llenaban los bolsillos, pero la clase trabajadora solo se empobrecía más y más. A diferencia del movimiento de 1888 que fue convocado por el Partido Democrático, esta vez la cosa se gestó en el Comité Central del Impuesto al Ganado, donde quemaban las papas, apoyados por los demócratas.

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Fueron miles los que marcharon por la Alameda en la “huelga de la carne”, y cientos los que murieron. Muchas mujeres portaban carteles incitando a que el pueblo se sublevara, mientras los hombres hacían frente a las fuerzas del orden.

Más de veinte mil personas se congregaron para la movilización, que terminó con más de 250 muertos, los que se sumaron a los 50 muertos de la huelga portuaria de Valparaíso dos años antes, a los cerca de 300 (o 50, según la versión que se lea) que cayeron en la huelga de ferrocarrilles de Antofagasta en 1906.

En la “huelga de la carne” se hizo patente, eso sí, el rasgo que marcaría las diferencias insoslayables entre la GCU y el pueblo: un clasismo enconado tanto desde los pirulos de la élite como desde el movimiento obrero hacia el terrateniente que percibía como el causante de su miseria.

El aspecto de la mayor parte de los individuos que andaban en las pobladas (…) era siniestro y revelaba claramente su procedencia de las últimas capas sociales del pueblo, y no era difícil distinguir entre ellos a muchos rateros, ladrones y delincuentes conocidos de antemano por la policía, a mucha gente de mal vivir, a agitadores de profesión, y a la chusma que siempre está lista para acompañar cualquier manifestación contra el orden público en donde pueda ella entregarse al libertinaje del robo y del saqueo.

– Parte de policía acerca de las revueltas del 22 y 23 de octubre de 1905 en Santiago.

Por otro lado, esta joyita de cuña de un miembro de la GCU:

La avalancha humana (autora de saqueos y destrucciones) estaba formada por hombres sin oficio, sin hogar, de esos que en Chile todavía no saben leer, ni reconocen domicilio, almas salvajes y bravías hasta cuyo fondo obscuro no han llegado ni la enseñanza del Estado, ni la protección de la sociedad, ni el halago de un interés positivo y permanente, ni siquiera la noción sencilla y elemental de los deberes que corresponden al hombre y de la dignidad del ciudadano.

– Diputado liberal Irarrázaval Zañartu.

Uf. La “cuestión social” de la época estaba bañada en estos prejuicios, más justificados por un lado que por el otro, pero que cuando hay un bando que tiene el control de las armas siempre termina en horror de ese, del terrible y que nadie quiere que se vuelva a repetir.

De estos rasgos -pesimismo, clasismo, misticismo y martirologio proletario- probablemente el más marcadamente presente en las jornadas de octubre fue el clasismo. Tanto en los desfiles organizados como en los momentos más álgidos, siempre estuvo presente la clara percepción acerca de la oposición de burgueses y proletarios, ricos y pobres. A ello apuntaba la pedagogía que los activistas populares desplegaron aquellos días en sus discursos, pancartas y gritos de mando. Así, en la Maestranza de los Ferrocarriles del Estado –según lo declarado bajo juramento por el jefe de los inspectores de esa sección- el 23 de octubre el obrero N. Gutiérrez del taller de cobrería y los pintores N. Sepúlveda y Pablo Leiva exhortaron a sus compañeros a la huelga: “Gutiérrez llevando en un palo un pañuelo rojo, que tenía las figuras de dos fieras luchando”, y Leiva y Sepúlveda explicando que “una fiera representaba al rico y otra al proletario”. Y en muchos otros lugares, especialmente al calor de las refriegas, los gritos y consignas de la masa contra los ricos y especuladores dieron un marcado sabor clasista a la asonada de los santiaguinos pobres.

– Una Mirada al Movimiento Popular Desde dos Asonadas Callejeras (Santiago, 1888-1905), de la Revista de Estudios Históricos de la Universidad de Chile, Volumen 3, Nº1 Agosto de 2006.

Y como bien dijeron los Quilapayún en su “Cantata Santa María”, recordando la matanza de 1907 que llevaron a cabo los militares en Iquique cuando más de veinte mil trabajadores salitreros marcharon junto a sus familias demandando que el gobierno apoyara sus demandas, y el Gobierno ordenó desalojar por la fuerza la Escuela Domingo Santa María donde se habían pertrechado los huelguistas, culminando con una cifra de muertos que oscila entre los  2.200 y 3.600, “Allí al pampino pobre mataron por matar”.

 

La dictadura de Pinochet, de las más sangrientas en la historia y que el discurso militar quiere suavizar

Qué les puedo decir de este episodio negrísimo de nuestra nación que ustedes ya no sepan (aunque estoy seguro que muchos no están al tanto ni de la mitad de lo que deberían saber para tener al menos una opinión informada, para el lado o bando que sea).

Si ustedes van al sitio web del Ejército de Chile, podrán encontrar solo estas líneas sobre la dictadura militar:

En la década de los 70, como consecuencia de la crisis política, social y económica a la que había llegado el país, las Fuerzas Armadas y de Orden asumieron el poder de la Nación el 11 de septiembre de 1973.

Sitio web del Ejército de Chile.

Uno pensaría que los responsables de un periodo tan violento y sangriento de la patria que duró 17 años tendrían algo más que decir al respecto, pero no. No entran en polémicas. El pasado, pisado. Hicieron su pega, es para lo que están. De hecho, la prosa completa de esa página web es surreal. Gabriel Salazar, en entrevista al diario online El Observatodo, se refiere a esta web indicando que es “una historia ausente. Aquella de la que el mismo Ejército guarda registro y pone a disposición pública en su sitio web, donde trazan una línea de tiempo que comienza con la llegada de Diego de Almagro a estas latitudes, en 1540 y finaliza con la celebración del bicentenario, en 2010, pasando por alto todos los hitos históricos que he referido, neutralizando su propia memoria institucional”.

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Chile reconoce a más de 40.000 víctimas de la dictadura de Pinochet; el informe oficial cifra en 3.065 los muertos y desaparecidos desde 1973 a 1990. Algo aquí no calza, pollo.

Y es que el discurso construye realidad, y cada quien ha acomodado los acontecimientos de la dictadura según su propio contexto histórico, familiar e ideario valórico. Para algunos fue orden y progreso, y para otros casi dos décadas de atrocidades imborrables y demenciales, como torturar a una mujer forzándola a tener relaciones sexuales con familiares directos o metiéndole ratas en la vagina para luego aplicarle electricidad y que el roedor, desesperado, empezara a desgarrar la carne para intentar escapar.

De nuestra casa me llevaron al centro de torturas en la calle Londres, donde permanecí alrededor de dos semanas en una celda, sola e incomunicada. Aquí fui torturada brutalmente. Los métodos de tortura incluían golpes, y choques eléctricos a todas las partes más sensibles del cuerpo, como los senos, los ojos, el ano, la vagina, la nariz, los oídos, y los dedos. También usaban un método de tortura que se llamaba “Pavo de Arara”, en el cual me amarraban los pies y los brazos, me colgaban cabeza abajo, y me aplicaban choque eléctrico al ano. Otro método de tortura que usaban es “el teléfono,” en el cual me golpeaban con fuerza los dos oídos simultáneamente. Me torturaban desnuda y encapuchada. Fui torturada en la presencia de mi padre y hermano, y una vez me forzaron a intentar el acto sexual con mi padre y hermano. Me forzaban a presenciar las torturas de mi padre, de mi hermano, y de otros conocidos que estaban presos. Varias veces en el baño de Londres me violaron.

Extracto del testimonio de Luz de las Nieves Ayress Moreno, en el Informe de la Prisión Política y Tortura.

Entonces, estando presentes entre nosotros tanto testimonio que da cuenta de una crudeza y sadismo brutal por parte de los organismos militares de tortura hacia los detenidos en dictadura, ¿por qué se sigue relativizando en Chile este periodo nefasto, y persisten personajes (este, ese y aquellos, por ejemplo) que, más o menos abiertamente, defienden “el pronunciamiento” y todo lo que sobrevino con él? Onda, con mucho entusiasmo.

De acuerdo a Marcela Cornejo, de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el fenómeno ocurre porque “la intriga de esta generación está hilada en una cultura autoritaria paternalista, en la medida que construyen historias de la dictadura que dialogan con determinaciones de autoridad distribuida en distintas figuras, cuyos mandatos son o bien rechazados o bien obedecidos y actualizados, incluso hasta la adultez”. En palabras más simples:

Para los familiares de víctimas la figura parental se presenta como una autoridad que compele a la acción consonante con la ética y la lucha a la que adhirió, existiendo la posibilidad de ratificar tal mandato o de revocarlo: Como que nunca me, nunca me creí el cuento completo de, de eso de ser como mártir de la cuestión y de que tu papá era mártir. (David, centro, RPF) Para el grupo de derecha, dadas las intenciones de sus padres por resguardarlos de los conflictos que implicaba la política, tal dimensión de conflicto les aparece neutralizada y velada de antemano, relatando que desde su infancia crecieron marginados de ciertos temas “que no tenían que saber los niños”. Esto instaura una temporalidad en la que los acontecimientos se suceden con valencias equivalentes y la objetividad es valorada como condición de diálogo, en tanto toda posición personal o colectiva contaminaría, impidiendo hablar en los mismos términos. Por ello, como telespectadores de la parrilla programática de la dictadura, los narradores de derecha hacen equivalente su voz a la de los medios —con un discurso hegemónico y unívoco aparentemente imparcial—, desde donde ensayan una aproximación neutral a la dictadura: Entonces tampoco está la altura de mira como pa’ intercambiar opiniones, mejor evitarlo; como te digo, pasa con el fútbol, con la religión y con la política; entonces esos temas mejor dejarlos a un lado. (Rolando, derecha) De esta forma, en esta generación la dictadura parece filtrarse a través de una educación prescriptiva que, promoviendo éticas o formas de relacionarse con lo político, establece premisas parentales fuertemente relevadas en los relatos, que hacen preguntarse si los narradores de esta generación se reconocen como constructores de su propia historia de la dictadura o más bien son portavoces de autoridades mayormente legitimadas, como los padres y la TV.

“Historias de la dictadura militar chilena desde voces generacionales”, por Marcela Cornejo, 2013.

Así las cosas, no cuesta entender por qué algunos líderes del Ejército defienden la permanencia de rostros abominables de la dictadura, como el recientemente R.I.P. Mamo Contreras en las galerías oficiales de fotos institucionales donde reposan los notables de la historia castrense.

La construcción de identidad como país, niñas y cabros, es tan relativa a la información que uno tiene disponible al momento de cohesionar ideas que muchas veces, en Chile, parecen no conversar o tener sentido. Por eso, no sorprende que vivamos en “muchos Chiles” dentro del mismo terruño patrio. Se han contado tantas cuchufletas diferentes y nos hemos hecho cargo tan poco de nuestra historia que, a la hora de los quiubos, las personas prefieren esconder los temas polémicos en vez de enfrentarlos y, al menos, sincerar el discurso. Hoy se va a contar, nuevamente, un discurso de gloria en torno a las glorias de las Fuerzas Armadas y de Orden pero, si llegaron al final de esta nota, sabrán que no todo ha sido honorable en las filas uniformadas.

El próximo mes, una nueva nota de esta serie que, lejos de buscar armar atados y levantar tormentas de arena, busca poner en el tapete aquellos hechos que sí pasaron y que ningún contexto social, político o cultural puede cambiar.

Junto a los triunfos militares, el Ejército tiene enormes déficit con la sociedad chilena. Entre otros, el crimen cometido en el bombardeo a La Moneda, el palacio que expresa el símbolo, la institucionalidad, la historia de Chile, se bombardeó por parte de militares terroristas. (…) Es una contradicción elemental cuando un país que no ha hecho el juicio histórico a un acto criminal al mismo tiempo celebre glorias.

Manuel Antonio Garretón, en entrevista a Radio Universidad de Chile.


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