Los 126 años de H.P. Lovecraft, el padre del horror moderno


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Seguramente se han preguntado alguna vez -si es que no están tan piteados de la mente como nosotros- a qué se deben esos tentáculos que salen serpenteando desde las oscuras profundidades de nuestro logo. Nada tiene que ver con el hentai o con los pulpos per se, aunque son interpretaciones interesantes; se debe a un homenaje siempre presente a aquel flacuchento de Providence, Rhode Island que escribió aquellos textos con los que tiritamos de cuco por primera vez en nuestras vidas, y cuya narrativa de naturaleza descriptiva y envolvente ha permeado, de una u otra forma, las vidas de todos los que escribimos en este ominoso sitio web. Por supuesto, nos referimos a Howard Phillips Lovecraft (20 de agosto de 1890 – 15 de marzo de 1937), el padre del horror moderno, y que hoy celebraría su cumpleaños número 126.

Aunque Lovecraft, por cierto, no está muerto. Porque no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir. Y yace eternamente en la narrativa de los últimos cincuenta años, a través del legado del Círculo de Lovecraft, escritores amigos del enjuto y enigmático estudioso de lo oculto y cuya visión del horror cósmico inimaginable ha redefinido la manera en que se han contado historias en la televisión, el cine y los comics durante décadas.

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Para Lovecraft, habían ciertas verdades inexorables que no se podían transar al momento de escribir una historia de horror. La primera y más importante, es que una sola vida humana es irrelevante si se considera el gran espectro de las cosas; una vez que sus malogrados protagonistas alcanzan el terrible momento de la revelación final que solo confirma lo que han ido sospechando en el transcurso de su funesta aventura. La existencia de nuestra especie es solo un brevísimo y erróneo anexo dentro de un cosmos cuya edad es incalculable, y donde horrores más allá de las estrellas y el tiempo acechan, pacientes, hasta que el caos y la locura se apodere de todas las formas vivientes y, al concluir el paseo por esta era de la creación, solo quede un abominable vestigio de destrucción.

Y, por supuesto, conocer una verdad así nunca te deja igual. Tu percepción de la vida, la trascendencia de tus actos y la relatividad de lo que puedas hacer para generar consciencia social sobre estos peligros que amenazan desde ciudades sumergidas, las profundidades del planeta, la Antártida, las tierras del sueño o los abismos más recónditos del universo, es una pesada carga que no te llevará a nada bueno. O serás perseguido por los agentes de aquellas criaturas que buscan esparcir la demencia en el mundo, o te quitarás la vida agobiado por esa inminente catástrofe que se cierne sobre todos nosotros.

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Esta mirada pesimista y pragmática, a lo Schopenhauer, no es solo una postura de autor frente a una historia de terror que comienza a develarse para el, generalmente solitario, protagonista. Cuando falleció a los 46 años, al borde de la pobreza, quizás él también se consideraba un error. Su obituario de tres líneas, publicado en una nota de la Associated Press de la época, no mencionó obra alguna del de Providence. Recién desde los años 70s la reputación del flaco -conforme también se hacían notar, en paralelo, los epítetos racistas presentes en su prosa y discurso- cobró toda la fuerza que jamás antes tuvo, y mucha más.

Conocido principalmente por su tentacular y gigantesca creación reinante desde un sueño consciente en el palacio central de una ciclópea ciudad sumergida en el océano de geometría no euclidiana, Cthulhu (nombre que según el mismo Lovecraft no puede pronunciar el ser humano, pero vendría a ser algo como “kazúlu”), este misterioso escritor comenzó a adquirir el status de un autor de culto, gracias a menciones memorables de su verdoso y alado leviatán marítimo en canciones de Metallica, comics de Vertigo, películas de John Carpenter, los monstruos de Stranger Things e incluso stickers y figuras coleccionables, llegando a constituir un auténtico culto a Cthulhu -tal vez muy distinto a como lo había pensado Lovecraft- como imagen de la cultura pop, apareciendo en poleras y stickers que dicen “Cthulhu para presidente. ¿Por qué elegir un mal menor?”

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Esto no ocurre por azar. Los grandes influyentes en moldear la cultura moderna en la literatura, la música, la comunicación y la ficción son ávidos seguidores de la bibliografía de Lovecraft. Es posible encontrar referencias a su obra en los trabajos de Jorge Luis Borges, Umberto Eco y Thomas Pynchon, por ejemplo. El buen Howard escribía con dos propósitos principales; uno filosófico que atrae poderosamente al mundo académico, postulando coherentemente a través de sus diferentes sagas de textos una suerte de “indiferencia cósmica” que pone énfasis en el materialismo ateo y amoral subyacente a la irrelevancia de la raza humana en el gran orden de cosas, y un afán de entretener a través de una prosa, si bien sencilla y carente de efectismos, repleta de adjetivos y descripciones de lugares más allá de la imaginación convencional.

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Fritz Leiber, el autor de fantasía, insistió en una ocasión en que Lovecraft es a la literatura lo que Copérnico fue a la ciencia, quitando al hombre del centro del problema y situándolo como un recurso más al servicio de una cosmogonía rica en motivaciones demasiado abstractas y complejas para que nosotros podamos entenderlas. Su mera existencia debía hacernos temblar de miedo y desesperación; es ese horror que se arrastra de manera incesante detrás de la vida a través del tiempo y del espacio, y que es más grande que los dilemas psicológicos que enfrentan los protagonistas clásicos de las historias de terror y ciencia ficción.

“A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro
humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de
mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las
ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la
reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y
lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal
revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.”

Francis Wayland Thurston, de Boston. La Llamada de Cthulhu, capítulo I “El Horror de Arcilla”.

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No es azar, entonces, que los protagonistas de las historias de Lovecraft apenas sean recordados por nombre y apellido, pero sí tengamos presente a la gran mayoría de las criaturas horripilantes que dan forma a su bestiario, e incluso a los libros paganos ficticios que, dentro de la fantasía lovecraftiana, otorgaban a los investigadores conocimiento más allá de la razón humana sobre hechizos, la historia de los Dioses Cósmicos, los Primigenios y los muchos cultos que han buscado traerlos a azotar la Tierra desde los albores de nuestra raza. El Necronomicón, De Vermiis Mysteriis, Le culte des goules, Unaussprechlichen Kulten y tantos otros grimorios de maldad y locura que, hoy, son parte de la cultura popular gracias a Alan Moore, John Carpenter, Neil Gaiman y Stephen King, entre muchos otros bastiones del entretenimiento contemporáneo, que han reconocido al delgaducho escritor que hizo su carrera en revistas que podías comprar en los kioscos por algunos centavos y que no alcanzó a vivir lo suficiente para observar el impacto innegable de su obra en una sociedad ávida de vívidas pesadillas fuera de toda geometría y anatomía conocidas.

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Porque Lovecraft estaba obsesionado con los detalles para hacer verosímiles sus textos. Por esta razón, los mitos y leyendas han bordeado el límite entre fantasía y realidad por tantos años, habiendo muchísimos que creyeron real el Necronomicón y otros tantos que han pretendido que lo es, solo porque el mundo es más divertido con un poco de magia -blanca o negra- en él.

“Ahora bien, sobre «los libros terribles y prohibidos», me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón, porque inventé estos nombres yo mismo. Luwdig Prinn fue ideado por Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis, mientras que el Libro de Eibon es una invención de Clark Ashton Smith. Robert E. Howard debe responder de Friedrich von Junzt y su Unaussprechlichen Kulten…. En cuanto a libros escritos en serio sobre temas oscuros, ocultos, y sobrenaturales, en realidad no son muchos. Esto se debe a que es más divertido inventar trabajos míticos como el Necronomicón y el Libro de Eibon.”

H.P. Lovecraft en sus cartas a otros autores.

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Y nadie que tenga en tan alta estima la capacidad enorme del ser humano para correlacionar contenidos y hacer que la realidad construida a través de la palabra sea el vehículo hacia una existencia más emocionante y misteriosa puede pasar desapercibido, sobre todo para los que trabajamos entreteniendo a audiencias siempre demandantes de historias que divierten e inspiran. Felices 126, flaco querido. Que la gran calaca tentacular te tenga en su nauseabundo reino.


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