RIP Bomba 4: Las 10 cosas más pabres con las que los ñoños han sacudido la nutria o pulido el diamante


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Como ya muchos saben -y si no saben es porque no han estado leyendo Calabozo, los caché- la Bomba 4, ese suplemento infame para muchos y salvador para unos cuantos onanistas empedernidos y tatitas de vulcanización, llegó a su fin esta semana. La Cuarta, el diario pop de circulación nacional, le bajó el telón luego de 32 años de salvar a los pajilleros de escasos recursos o adolescentes con limitado acceso al porno de calidad; no todos los kiosqueros de los 90s eran superhéroes sin capa, y algunos no vendían revistas XXX a los púberes con las hormonas a flor de piel, por lo que la Bomba 4, para muchos, se convirtió en la vieja confiable, sobre todo en esos viajes a la playa cuando no podías llevar tu arsenal de estímulos visuales y había que salvar con cualquier cosa que estuviera a la mano en el negocio más cercano (me han contado).

Sin embargo, el fin de la Bomba 4 no es solo un signo del ocaso de esa época en que las chiquillas en bikini y las tallas en doble sentido normalizadas en la prensa eran cosa de cada día, cuando las empresas de cerveza y agua mineral tenían a las doncellas de esos años corriendo por la playa o mostrando el traste y las pechugas en comerciales sin sentido y sin razón aparente; con la Bomba 4 sepultada en el cajón también se acaba esa era en que Internet no era la fuente inagotable de acceso a material manfinflero y las niñas y cabros de los 80s y 90s, décadas en que la red de redes no estaba al acceso de todo Chile, las lucas eran escasas y había que recurrir a la imaginación y a cualquier cosa que tuviera dibujada una silueta que permitiera al febril adolescente de turno dar rienda suelta a su desahogo hormonal.

Consultamos a distintos ñoñardos lectores del Calabozo Mutante, y recopilamos una lista de las 10 cosas más paaabres con las que estos y estas valientes sacudidores de nutria y pulidoras de diamante han vaciado el estanque. No los juzguen, podrían tener un hijo igual.

 

1. La cáscara de plátano regalona

Suena casi a algo que haría Chuck Noland, el famoso náufrago de Tom Hanks que tenía como amigo especial a la pelota Wilson. Nuestro mutante anónimo, en la privacidad de su hogar, vio que no había moros en la costa y, luego de descartar el contenido de la banana, se aplicó a todo ritmo con la cáscara. A esta técnica milenaria le llamaremos “la gran Donkey Kong”.

 

2. El cómic PIG de la 100% (y la 100% misma)

En los 90s, cuando querías acceder a material pornográfico había tres principales vías: arrendar un video en un videoclub amigo donde el dependiente nos tuviera buena, pese a ser brocacochis, conseguir videocassettes o revistas con algún amigo (so riesgo de encontrar páginas pegoteadas) o comprar una revista en un kiosco que no diera jugo por la edad. Y, suponiendo que algún kiosquero se paleteaba, estaba el tema del alto costo de estos magazines; si eras pudiente podías optar por Playboy, Hustler o alguna de esas de papel de calidad y actores XXX reconocidos en la industria del cacheteo, pero si juntabas peso a peso los vueltos del pan de la semana, había que comprar cualquier cosa por menos de luca. Y ahí, en ese rango, estaba la revista 100%, un pasquín porno que incluía páginas centrales a todo color y un cómic de discutible calidad artística: el PIG.

En este inserto fue donde vi por primera vez las versiones porno de personajes de anime y manga; muchas de las historias que salían ahí las dibujaban en ese estilo, y una que recuerdo en particular es ‘Sailor Muac’, que era una versión obviamente porno de Sailor Moon, y creo que se convirtió en mi fetiche de esa época.”

Alejandro, Los Ángeles.

 

3. Las revistas de cómics con CD ROM

Cuando el presupuesto lo permitía, una alternativa a las revistas porno y eróticas eran las revistas -en su mayoría, españolas- de cómics, que siempre tenían entre sus páginas chiquillas y chiquillos con atuendos ligeritos de telas y, además, incluían un CD con fotos de manga y anime, cómics y otras vainas pensadas para el que estaba recién explorando el mundo del CD ROM en su computador, o en el del colegio.

No fue mi momento estelar en la vida, pero ya que todo el porno que uno podía comprar en los kioscos estaba pensado para los hombres, mi opción eran las revistas de cómics. Esas me las hacía chupete, sobre todo los CD que venían. Yo no tenía computador en la casa, así que confieso que profané bastante la sala de computación de mi colegio y algunas de mis mejores sobaditas de monte ocurrieron ahí. Era chistoso, además, que con esos CDs se armaba un ‘microtráfico’ de fotos en disquete, y cada una de mis amigas se llevaba su parte (lo que alcanzaba a meter en sus disquetes) para el uso personal, jaja.

Viviana, Concepción.

 

4. El catálogo AVON

Las abnegadas vendedoras puerta a puerta que visitaban a nuestras santas madres no sabían para quién trabajaban en verdad. Cuando la mami dejaba de lado el catálogo, a vista y paciencia de su adolescente progenie, no faltaba quien tomaba furtivamente la revista y se la llevaba a los confines de esas largas horas encerrado en el baño “con indigestión”.

Las vendedoras tenían un catálogo en que salían minas en lencería. Imagínate mi infancia: desde los 10 que sé que me gustan las minas y, cuando la adolescencia hizo de las suyas, no tenía con qué ‘pulir el diamante’, como le dices tú, jaja. Esos catálogos me salvaron la vida.”

Bárbara, Santiago.

Los catálogos AVON, de todas maneras. Alta calidad de minas en ropa interior, llevada a la puerta de tu casa cada mes. Era como estar suscrito a la vieja confiable.”

Cristián, Santiago.

 

5. El Quirquincho Dorado del tío o tu viejo

A veces, no había ni cien pesos para comprar láminas de Sailor Moon, así que solo restaba recurrir a lo que hubiera en la casa. Mientras mayor era la carencia, menor la dignidad y todo servía. Y ahí es cuando algunos mutantes descubrieron el valor de las setenteras y ochenteras revistas de cómic erótico y picaresco, una auténtica institución de los años de dictadura y cuyo legado onanista pasó a los hijos de los primeros hombres en dedicarle unas altas manfinflas a esas historias clásicas del Abuelito Vitamina y otro panteón de héroes cacheros de la viñeta nacional.

Esas revistas de mi viejo tenían cómics y también fotos de minas en pelotas, así que cumplían con todo lo que yo necesitaba. Sí, eran súper rancias y las señoras tenían peinados de Los Ángeles de Charlie, pero era lo que había. Al final, como que le tomé cariño a esos cómics y me encantaría que alguien los escaneara para bajarlos de Internet (paso el dato).”

Ignacio, Antofagasta.

6. Las revistas Buenhogar y Vanidades

En la misma lógica de resolver las carencias con lo que hay en casa, los pajilleros desesperados recurrieron al doble estándar más violento y, las mismas revistas huecas de señoras pitucas que leían sus madres y por las que las molestaban cada día, sirvieron a un propósito mucho más oscuro.

En la Buenhogar venían unas historias como románticas, era como una Corín Tellado pero más deslavada, como más cartucha, pero igual servía para echar a volar la imaginación. Dejé de masturbarme con esas revistas un día que una amiga me preguntó si yo pensaba que mi vieja también se masturbaba con ellas, y la imagen mental me cagó la vida”.

Lorena, Rancagua.

 

7. La Vida Afectiva y Sexual de La Cuarta

Siempre he tenido claro que estas pequeñas revistas que venían en el principal proveedor de material manfinflero pobre en Chile, para todos los rincones del país, servían a un bien superior diferente a resolver las dudas y trancas sexuales de las parejas chilenas con cacho de paragua o eyaculación precoz.

Regalonas indiscutidas de muchos adolescentes ochenteros y noventeros, sin duda alguna. Conocí a no pocos amigos que consagraban altas pajas a estas revistas. Lo curioso es que, ahora que uno lo piensa en retrospectiva, en la revista salían cosas súper frikis, y uno como pendejo se calentaba igual con estas hueás. Quizás por eso estamos tan piteados como sociedad.”

Leonardo, Valdivia.

8. El libro “Francisca, yo te amo”

Consagrar la lectura de un libro a Onán es menester de los pajilleros desde que los libros existen, cuando los escribían los curitas y solo hablaban de Dios y sus “hazañas”; sin embargo, dentro de la lectura obligatoria del Ministerio de Educación chileno había algunas obras que sobresalían entre las preferencias morbosas de los adolescentes noventeros. Una de ellas era “Francisca, yo te amo”, la novela de amor adolescente escrita por José Luis Rosasco situada en Quintero, que trataba sobre un cabro en esa misma edad pajillera que conocía a una chiquilla misteriosa y vivía el primer amor, y todas esas vainas.

La historia era buena, como romántica pero melancólica igual, no era pura alegría y tenía unos momentos en que pasaban cosas medias eroticonas según recuerdo, pero era un libro súper ‘blanco’ en cuanto al contenido. Era una la que le ponía el morbo a la hueá, porque a diferencia de Gracia y el Forastero, los libros de Lafourcade y otros, aquí no pasaba nada explícito. ¿Será que a las minas nos calienta más el romance que la cacha? No sé si a todas, jaja, pero al menos a mí, cuando era chica, sí. Además, hueón, en la portada del libro Francisca era la mansa mina. Ella y Álex, el protagonista, eran como nuestros Peter Parker y Mary Jane chilensis.

Fabiola, Santiago.

 

9. Los catálogos del retail

No hay ciencia aquí; cuando todo salía mal en la vida, una vuelta por el centro, recoger un catálogo de Falabella, Almacenes París, Ripley u otra tienda que tuviera entre sus páginas gente en poca ropa, y listo. Costo cero, satisfacción garantizada.

Solo diré una cosa: Valeria Mazza y Carola del Bianco, gracias por tanto.”

Pablo, Temuco.

 

10. Los cartones impresos con artistas que vendían en la feria

Antes de la señora meme que vende toallas de Camiroaga y cualquier ser televisivo que muere en la realidad o la ficción de la caja chica, en las ferias vendían fotos impresas en cartón con artistas populares de la época, como Axé Bahía, Porto Seguro, las Spice Girls o cualquier banda de jovencitos atléticos que hiciera furor entre los adolescentes. Para uno de nuestros lectores, su amor platónico por Francini Amaral de Axé Bahía pudo hacerse realidad gracias a uno de estos cartones de módico precio, idóneos para el pajillero con bajo presupuesto y mucho amor por entregar.

 

Si bien estas historias a algunos les pueden parecer exóticas o piteadas del mate, no se hagan los larry: todos hemos estado ahí. Cuéntennos qué fue lo más pabre con lo que jalaron el ganso o hicieron scratch al vinilo, estamos en confianza. (?)


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Javosandoval

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